Es una película contemporánea que, al igual que las obras de Eric Rohmer, muestra una notable austeridad y un trasfondo que el uso del blanco y negro resalta aún más.
Una fórmula que funciona bien. No es una película impecable, pero su guión es coherente, a pesar de algunos altibajos. La trama es interesante y el nivel de producción es de alta calidad.
Lo que resulta es un collage de imágenes y declaraciones en distintos tonos, que, como en El Ciudadano, no consiguen armar del todo el rompecabezas de una vida y, en este caso, una obra.
Es un entretenimiento bastante liviano, que se siente torpe en su resolución. La falta de experiencia del director Ariel Vromen limita su capacidad para innovar y ofrecer algo más allá de lo convencional.