La película, aunque colmada de lugares comunes, tiene su mayor interés en la recreación de aquel París y en algunas coreografías que solo el dibujo hace posibles.
Nada demasiado interesante ni novedoso para la platea, como tampoco lo son los dibujos, muy lejos del nivel al que la animación, aun en industrias no demasiado fogueadas en ese terreno, nos tiene acostumbrados.
Hasta en este tipo de productos puede hacerse gala de originalidad o al menos filtrar algunas pizcas de ingenio. En este caso, la primera está ausente y la dosis de ingenio es más bien exigua.
El despertar amoroso está visto por João Nicolau con mirada realista pero también con el arrebato del ojo adolescente en el que se funden el ensueño y la fantasía.
Sencilla y generosa en situaciones y diálogos en los que no falta el humor y medida a la hora de apuntar a las emociones, la comedia tiene apoyo sustancial en un elenco admirablemente seleccionado.
Abrams, con buen criterio, concede bastante tiempo al espectador para familiarizarse con los personajes y tender algún vínculo afectivo con ellos, tanto como para que cuando comience el gran espectáculo la platea comprometa alguna emoción.
El problema aquí, que lo hay, es la acumulación. Son muchos guionistas, incluidos algunos actores que también hicieron su contribución. Hay por supuesto algunos aciertos, de ahí que los italianos hayan celebrado tanto la película.
Piroyansky busca crear una película que conecte con los jóvenes. Lo logra gracias a su comprensión del medio, su habilidad para captar el lenguaje juvenil y su buen manejo del ritmo cómico, aunque no logra evitar algunos altibajos en las diversas situaciones que conforman la historia.
Hay ciertos momentos divertidos, algún intento de emotividad y está el atractivo de la presencia de las estrellas, aunque nada es muy novedoso y el convencionalismo abunda.
El compromiso de Brenda Blethyn con su personaje es total: gestos mínimos le alcanzan para transmitir el conflicto interno entre la irracionalidad de su prejuicio y su recelo ante lo desconocido.
Un film que no aspira a la agudeza de Jaoui-Bacri ni logra evitar ciertos desequilibrios, pero que, gracias a su ritmo constante y a las espléndidas actuaciones, resulta agradable de visualizar.