Exitosa farsa llevada a un ritmo vertiginoso, de modo que la mitad de los gags buenos no tienen tiempo para hundirse y la mitad de los malos, afortunadamente desaparecen en el conjunto.
Tira por la borda las cavilaciones metafísicas de Mann sobre el arte y la belleza en favor de unas escenas patéticas de rímel corrido y el conjunto es tan exagerado que acaba siendo totalmente risible.