La dirección carece de un estilo distintivo, lo que permite que Marshall respete el mito del personaje, produciendo un resultado algo automático. En esta nueva perspectiva, lo que resalta no es la impronta del cineasta, sino las características que definen al personaje.
Teatralidad en el universo del relato, con pocos personajes y diálogos agudos, para hacer una tesis de fondo sobre el poder, con el vestido y los encajes de una comedia negra. Excepcional.
El filme se encuentra atrapado entre un guion deficiente que carece de fundamentos sólidos y una trama poco convincente, además de ofrecer un espectáculo que ya no logra impresionar.
Más allá de su aparente ligereza, la película reivindica cinematográficamente al mexicano feo. Su adecuación narrativa le otorga un atractivo especial. El filme protagonizado por Adrián Uribe, en este sentido, logra captar el interés del espectador.
Comedia blanca en el sentido del espíritu, raza, carácter y limitaciones en la psicología de sus protagonistas. No hay la delicia arquetípica en los personajes de la comedia romántica estadounidense clásica.
Un humor inofensivo y adolescente que olvida y traiciona la idea original. Lástima, que la vuelta a la idea, resulte en una traición del espíritu humorístico original.
Nos enfrentamos a una obra madura, donde el director no se regodea en su estilo. Aunque lo manifiesta claramente, hace mínimas concesiones a su público, brindándoles en ciertos momentos lo que esperan, sin traicionar la integridad del filme.
La película juega a conseguir el impacto de un clásico atemporal. Lo logra con éxito y se aleja de la necesidad de justificar la maldad. Es una experiencia enriquecedora para los amantes del cine clásico.
Secuela del filme homónimo de 2013, se siente más manipuladora y poco genuina. A veces roza la autoparodia al exagerar una premisa interesante para transformarla en una franquicia. En definitiva, el encanto de la idea original se ha desvanecido.
Concedamos que tiene cierto oficio. En general resulta entretenida. Dicho esto, desde hace tiempo que la industria no presentaba un producto de apropiación cultural tan obvio y mezquino.
Funciona, de manera inteligente, como spoof-movie del género y no sólo eso, sino como una ligera parodia del mismo personaje. Es decir, a pesar de sus pocos riesgos, tiene muy buenos momentos y es un blockbuster en forma.
Un entremés que presenta a una Mata Hari sin dosis de emoción suficiente, satisfaciendo la necesidad de un estreno de Marvel, aunque no ofrece nada que realmente enriquezca.
El filme se desarrolla con seguridad, mostrando un universo cinematográfico bien establecido. Sin embargo, en un momento, la cantidad de conflictos a resolver se vuelve excesiva, lo que impacta el ritmo, especialmente en la segunda mitad, aunque no afecta de forma significativa la película en general.
La película, aunque engancha a su público habitual, presenta los momentos justos de humor y escenas de acción efectivas, aunque también cae en tramos algo aburridos, culminando con un clímax dramático que deja una huella.