Una película reflexiva contada desde el punto de vista y la voz de su personaje, bien lejos del póster y de las remeras desteñidas de los adolescentes o ya no tanto.
Un ejemplo acabado de "film de calidad", tan apolillado y discretamente correcto en cada uno de los pasajes de la cansina cinta dirigida por el veterano René Féret.
El film de Juárez se apoya en una estética televisiva caracterizada por planos medios y primeros planos. Sin embargo, su discurso se transmite de manera superficial, recordando más a un radioteatro que a una representación cinematográfica de los próceres.
El director esquiva los lugares comunes con destreza, enfocándose en la profunda emoción que transmiten las imágenes finales, sin recurrir a golpes bajos. Es una ópera prima valiosa gracias a sus limitadas pretensiones.
Cuando finaliza 'El rostro', la sensación es a la vez extraña y placentera: el río y la selva, como metáforas, se transforman en un concepto infinito, dejando el deseo de que la película continúe sin interrupción.
En manos de Resnais, las convenciones narrativas, aún pautadas por la levedad que enmascara el tema de la película, pronto se destruyen para que el film no se transforme en otra esquemática historia de amor.
Es una película de climas, de planos extensos que no necesitan del movimiento frenético de la cámara, donde el tiempo parece suspenderse por los hábitos de una familia nada normal.
Una historia que se siente familiar, evocando la obra de Hitchcock en 'La soga', aunque no resulta del todo erróneo. Sin embargo, el maestro inglés también creó algunas películas que son consideradas menores.
Vale la pena, seguir conociendo las noticias sobre el tema, en una actualidad en permanente movimiento, como la misma historia que narra 'El vals de los inútiles', documental ficción (o viceversa) surgido del azar, a pura garra política y cinematográfica.
El nuevo film de Winogrand aborda una historia de amor forjada a partir de situaciones inesperadas y lugares comunes. La comedia se sustenta en las actuaciones, y los giros del guión giran en torno al personaje de la niña.
La flojedad argumental se disimula en algunos instantes de honesta estética, donde la película logra evadirse temporalmente de las fórmulas utilizadas en estos films que ya han pasado de moda.
Tiene cuatro intérpretes que funcionan a la perfección en sus papeles, claramente delimitados por la solidez del guión. Pero también posee una mirada particular, minuciosa, que observa con extrañamiento y delectación a esa familia disfuncional y rabiosamente empática hacia el espectador.
Woody Allen vuelve a regodearse en sus obsesiones de los últimos años: el paso del tiempo, las prostitutas y la soledad, para entregar una película coral con textos risueños que no escapan ni a la profundidad ni a la nostalgia.
Film menor dentro de una carrera singular y única, que parece concebido desde la mente de un joven inquieto más que procedente de la sabiduría de un realizador veterano.