Es una película sobre la pérdida de la inocencia, sobre el final de la infancia, sobre la tristeza y felicidad que conlleva. Es una película que abraza la nostalgia. Es brillante.
Kormákur alterna entre el primer plano y la vista aérea, moviéndose del drama humano íntimo a un gran desafío marcado por un desastre natural. Es una historia sobre el hombre enfrentándose a la montaña. Apasionante y abrumador.
Rob Minkoff, a pesar de seguir en gran medida la estructura de sketches de la obra original, ha logrado encontrar en la narrativa histórica la mejor forma de contar su historia.
Attal expone de manera muy inteligente todas las aristas y falsedades del consentimiento, así como el peligro de los juicios sociales y virtuales apresurados. Además, sitúa al espectador en la posición de jurado.
Es aséptica, va directa a los hechos y no se entretiene demasiado en el resto. No hay espacio para el morbo ni la especulación. Presenta un 'Spotlight' francés que pone aún más énfasis en las víctimas.
Pereda logra, en varios instantes, captar el humor negro de esta dura historia gracias a su realismo y su habilidad para identificar a los personajes, tanto los acosadores como las víctimas. Además, profundiza y refuerza las ideas presentadas en su corto anterior.
Zanetti logra convertir el sufrimiento en luz y ofrece una perspectiva renovada sobre su familia, liberando a Lola, interpretada magistralmente por la talentosa Maite Aguilar, de la culpa que la perseguía por su deseo de marcharse a Alemania.
Una idea de conexiones químicas que a Tanne le sirve de excusa para transiciones coloristas y una reflexiva voz en off, la del perdido protagonista, cliché inseparable propio de su edad.
Frías utiliza actores no profesionales para dotar de autenticidad a los diálogos y a los movimientos. Este mismo ritmo acompaña la historia de Ulises, realzando la conexión emocional con el público.