Resucita con gran brillantez el exquisito melodrama familiar, que es tanto hipersensible como reflexivo, y que evoluciona desde Sirk hasta Fassbinder, reinterpretándolo de manera impresionante.
Impecable, adopta un estilo fluido y sumamente pulido para expresar sus abundantes ideas. Este enfoque parece ser espontáneo, sin tropiezos, lo que le da un toque casi familiar.
Evidencia su ciega crueldad fundamental de cien formas distintas y ninguna definitiva, navegando hasta las raíces de una especie de futurismo postsensual de la gran familia europea decadente en la elegante línea crepuscular viscontiana.
Kore-eda se distancia del patriarca Ozu, transformando su película más adulta en un sólido antiOzu, utilizando una combinación de planos cortos y encuadres abiertos y cerrados sin seguir ninguna rigidez geométrica preestablecida.
Desborda un evidente desaprovechamiento de talento, incluyendo el brillante y vasto potencial de Trier, así como el triste talento de cada uno de sus personajes masculinos.
Impactante. La devastación, tanto inmediata como posterior, se manifiesta tanto en el exterior como en el interior, convirtiéndose en un diario íntimo en plena acción de lo que no se puede nombrar.
Explora a fondo las implicaciones de las teorías de Jean Baudrillard sobre la sociedad del simulacro, así como el proceso irreversible de desmaterialización que afecta nuestra percepción de la realidad.
Centra toda su tensa e intensa potencia conmovedora en el trazo de ese fascinante personaje juvenil femenino que representa a la vez el mejor modelo apátrida.
El objetivo es profundizar y captar la grandeza de cada momento significativo, a pesar de la monotonía diaria, como si se buscara una definición instantánea de nuestras experiencias vitales.
Vendría a ser cualquier cosa menos únicamente un cuento de hadas; sería un cuento, pero envenenado. También sería un panfleto feminista, pero hipersensible. Y sería un relato edificante, pero con un toque acerbo.
Mantiene la tensión, presentando la guerra no como un concepto abstracto, sino como una experiencia impuesta que se vive en un contexto carente de sentido.