Todo en «Star Wars, el despertar de la fuerza» remite a la idea original. A los fans les entusiasmará, mientras que los espectadores comunes se sentirán atrapados por el ritmo vertiginoso que Abrams, un maestro en este aspecto, logra crear a lo largo de la película.
A la originalidad de la propuesta se ha unido una mayor profundidad en el entramado. Todo sucede a mil por hora, a tal velocidad que es necesario tener cien ojos para disfrutar de cada detalle de lo disparatado y jugoso de cada dibujo.
Es una película que se disfruta con facilidad, resulta entretenida y tiene un enfoque juguetón. Sin embargo, le falta un poco más de seriedad y profundidad, además de un tono más formal. El final no es del todo coherente y genera algo de confusión en su desenlace.
La puesta en escena es mucho más que impresionante, es espectacular en todo su esplendor. Aunque la película presenta ciertos altibajos en su narración que le restan un poco de encanto, no deja de ser visualmente placentera.
Abrams optó por un enfoque seguro, presentando pocas innovaciones. Esto representa un problema, ya que si no eres un verdadero fan de Star Trek, puede resultar complicado disfrutar de esta entrega, dado que se siente repetitiva.
Aquí habrían sepultado todo en un filme lineal y plano, con únicamente batallas espectaculares, si no hubiese aparecido Loki, quien logra rescatar la película de manera magistral.
Un derroche de criaturas animadas que desborda la mente de todo el que esté viendo ese prodigio de creatividad. Sin embargo, el guión es un fiasco: previsible, reiterativo y manido.
Brave promete mucho, comienza con fuerza y sostiene un ritmo elevado, hasta que la narrativa se desinfla a medida que los clichés empiezan a afectar un guion limitado y poco innovador.
Charlas atroces, insólitas, apenas trabajadas y sin una sola vuelta de tuerca en su desarrollo. El resto es también plano e hierba pisada. Solo se diferencia por la puesta en escena. Grave tropiezo de Pixar.
El problema de Mitre radica en que no está claro si busca la provocación, la justicia divina o incluso un refugio para su protagonista. Sin embargo, no logra ninguno de esos objetivos, ya que el guión no logra explicarlo adecuadamente. La película resulta poco convincente.
El camino paralelo entre el amor y el éxito del grupo lo ha llenado de belleza y ternura. John Carney lo lleva con mimo, frescura y un gancho que te arrastra hacia la tierra de la felicidad hasta que llega el final.
Todo se complica con naturalidad, con un realismo que suena a eso; a verdadero. Una pena que esa agilidad que demuestran no la hayan empleado en algo que merezca la pena.
La escabrosa huella de los hermanos Farrelly crea producciones confusas. Todo termina siendo absurdo e ineficaz. Justo en el intento de alcanzar la cima humorística, la película se vuelve desagradable.