Los personajes están tratados con tal compasión que sus locuras se convierten en las nuestras, y sus deseos parecen tan inmensos como una noche estrellada.
Tosca es una película que no logra escapar de su propia mediocridad. Aunque generalmente no me atraen las obras que son tan malas que son buenas, puedo imaginar que verla en un cine a medianoche, con un par de copas, podría desencadenar una experiencia singular y divertida.
La historia, la música, los personajes y los efectos visuales se combinan en una alineación perfecta, generando un renovado sentido de la maravilla en la vida cotidiana.
Es desternillante a ratos, pero la mayor parte de las bromas son provocativas o escatológicas siempre una apuesta segura cuando se trata de marionetas.
Los dos protagonistas hacen que salga a flote con sus conflictos de clase. Se ve reforzada por una picante lección de historia sobre el escandaloso matrimonio del hermano mayor del duque
Wajda dedicó las primeras cuatro décadas de su carrera a crear arte en un contexto comunista, lo que aporta a la historia una carga emocional que a menudo se ausenta en sus obras más recientes.
Con estos dos protagonistas brindando firmeza a las escenas, es complicado que algo falle. Sin embargo, los personajes resultan ser algo superficiales, lo que se acentúa a través de sus subtramas genéricas.
Samuel L. Jackson ofrece una buena actuación. Sin embargo, los guionistas Mark Schwahn y John Gatins debilitan la fuerza de la historia real al reutilizar escenas y situaciones de otras películas similares.