Luce, se escucha y se experimenta como si fuera una cápsula del pasado, de un momento que Jonah Hill vivió y que ahora quiere traer de regreso convertido en una ficción adosada a los códigos del genero del ‘coming-of-age’.
Realizada con sensibilidad y buen gusto, la película nos muestra al hombre por encima del artista y a las mujeres que lo quisieron como las verdaderas artífices de su imagen.
A medida que la historia avanza y nos damos cuenta de sus giros y revelaciones, entendemos que François Ozon, coautor del guion, ha creado una narración que constantemente nos desafía por su ambigüedad.
Un filme suntuoso formalmente y solo en apariencia sencillo en lo narrativo, pues como en todo el cine de Anderson, su huella es más honda de lo que se ve a simple vista.
La película se transforma en una historia de emancipación personal que, aunque convencional, sigue siendo cautivadora, especialmente por la forma tan efectiva en que Spielberg logra mantenernos interesados.
Un guion poco inspirado que quiere que creamos que Polina baila y vive a su propio ritmo, cuando en realidad solo ha servido como una marioneta que danza guiada por el capricho de quienes mueven unos hilos esta vez nada ocultos.
Es fácil que ‘Matar a Jesús’ se perciba como una película en la misma línea que las obras de Víctor Gaviria. Sin embargo, la obra de Laura Mora presenta al sicario y sus acciones como el eje central de su narrativa, pero lo hace desde una perspectiva humanista.
Es emocionante y sorprendente observar cómo esos lienzos icónicos cobran vida, con sus trazos transformándose en escenas y secuencias. El resultado final es igual de impresionante que la combinación de cada uno de sus elementos.
La historia se reescribe, la memoria se altera, todo es visual, nada perdura. Los rebeldes son los intelectuales y los románticos que aún creen en la literatura, en las ideas y en un mundo donde pensar no genere tanta resistencia ni rechazo. ¿No suena peligrosamente actual?
Se trata de un extraordinario recuento. El resultado es una serie de filmes que van más allá de la curiosidad cinéfila, para convertirse en parte fundamental de la filmografía de cada uno.
Este trabajo es teatro llevado al cine y debemos entenderlo así. La mayor dificultad que enfrentó Liv Ullmann fue lidiar con la memoria de la versión cinematográfica clásica. Sjöberg se atrevió a ampliar la obra original, pero Ullmann mostró rigor, aunque es posible que le haya faltado audacia.