La película es, por encima de todo, una exhibición de actores. Este plantel brillante sublima todas las actitudes y todos los humores imaginables en dos horas que van de la comedia agridulce a un drama catártico.
Estimable filme. Resulta mejor cuanto más irreal, así en su segunda mitad como en ese prólogo con reflejos del 'Juego de niños' de la serie 'Suspense', alcanza una notable capacidad sugestiva.
La trama se complica y pierde fuerza. Eric Goode y Rebecca Chaiklin intentan justificar esta nueva exploración en el oscuro mundo de los explotadores de grandes felinos.
Estilizado sufrimiento. Hay algo sospechoso y disonante en esa reluciente austeridad, y esa insistencia en enmarcar la abyección en composiciones de elegancia extrema.
Una verdadera fusión entre medios, entre los encantos de fórmulas televisivas de antaño y el impacto visual o la fiereza épica del cine superheroico actual.
Se debate entre el drama serio sobre la memoria histórica y la catarsis 'pulp' vengativa. La balanza se decanta hacia la diversión en su tercer y, sobre todo, cuarto episodios.
Se busca un equilibrio difícil entre el melodrama crepuscular y la acción física que desafía las leyes de la gravedad. Este último aspecto es el más satisfactorio. Aunque no se trate del cierre más óptimo, cumple su función de manera efectiva.
Un homenaje al rock de los 70 que no logra cautivar. Se queda en un recorrido superficial por los elementos típicos de la mística rockera de esa época.
Drama oscurecido por el humor. Los personajes, la actriz y la trama son cautivadores, pero 'Gaslit' explora diversas perspectivas. Matt Ross utiliza un enfoque mayormente cínico en lugar de cálido.
Era de esperar que fuera elegante y hermosa, pero no hasta este nivel. A los exquisitos diseños de producción y vestuario se suma el talento del director en la planificación en formato panorámico.
En su intento de equilibrar diferentes perspectivas y comprender a su antiheroína, Waller termina cayendo en ambivalencias que resultan algo cuestionables.
Se debate incómodamente entre la severidad y la ironía pop, presentando una serie que atraviesa una crisis de identidad. Aunque la trama puede ser confusa, su estilizada recreación de los setenta logra mantener el interés del espectador.
Cruza con alegría el neo-giallo y los pasajes en negativo al más puro estilo de Maya Deren. Sin embargo, no siempre resulta fascinante; también puede volverse desesperante, especialmente en algunas de sus escenas de comedia bufa.