El relato presenta un trazo grueso, lo que se refleja en el desarrollo de personajes unidimensionales. Nos encontramos en un universo estancado donde el bueno es invariablemente bueno y el malo, indiscutiblemente malo.
Un curioso grupo de superhéroes y un desfile de historias disparatadas sirve al realizador francés, toda una anomalía en su país, para pintar un desalentador retrato de la humanidad.
El Drácula de Cage justifica el precio de la entrada, además de utilizar el gore de manera efectiva. Sin embargo, también presenta la torpeza de incorporar una subtrama de acción que homogeneiza parte de la narrativa, alineándola con los estándares de los blockbusters actuales.
Una nueva aventura donde el humor vuelve a funcionar de manera excelente. Ratifica lo alcanzado en 2009, utilizando nuevamente el poder del humor negro y el absurdo.
Se permite ir y volver entre el chiste grueso y el humor blanco, o de la comedia física a la sátira, siempre con una delicadeza y una precisión que abruman. Tal vez ya pueda considerarse como la película definitiva sobre vampiros.
Ttiene la voluntad de incomodar al público pero, lejos de interpelar, sus “metáforas” resultan tan ramplonas como su humor, que casi nunca va más allá de lo escatológico.
Le alcanza para surfear por encima de cierto costumbrismo que amenaza con asomar por acá y por allá, pero que la directora logra casi siempre mantener bajo control.
Si el guión de Cody hasta su tercer acto se movía dentro del terreno de un verosímil tan ingenioso como realista, para el final se reserva una de esas vueltas de tuerca dignas del peor M. Night Shyamalan.
Es su eficacia la que mantiene a flote la nave, sacándole el máximo provecho a los compartimientos emotivos del relato, para que cuando haya que llorar el público llore, y cuando tenga que reír, se ría.
La realizadora y actriz logra transmitir una visión profunda de un mundo donde la presencia masculina es solo ocasional. Es un país de las maravillas que resulta melancólico y peligroso, pero también presenta momentos de ternura y un agudo sentido del humor.
No muestra nunca el menor atisbo de vergüenza, ni propia ni ajena, por su pereza manifiesta. Por el contrario, elige narrar a través de un humor elemental y pocas veces noble, camino por el cual consigue pocos y modestos momentos de gracia genuina.
Típica comedia dramática crepuscular de pura cepa francesa, 'Mis días felices', de Marion Vernoux, tiene algunos de los encantos de este género particular, pero también sus berretines.
Aunque '¿Y si vivimos todos juntos?' logra mantener su dignidad, no es precisamente al final donde esto se evidencia de la mejor manera. No obstante, la presencia de un impresionante elenco de veteranos del cine ayuda a equilibrar la experiencia.
El problema es la abundancia de un ingenio demasiado vulgar, el uso inapropiado de la incorrección política y una evidente falta de verosimilitud. Esto revela que la ligereza empleada tiene como única finalidad destacar los aspectos negativos de la historia.
Logra sostener la atención. Un poco porque no todas las escenas resultan fallidas, pero sobre todo porque el elenco potencia la gracia de ciertas situaciones, para llevarlas al siguiente nivel a fuerza de oficio.