Las emociones profundas y reales están presentes en cada acción, ya sea un acto de intimidad, un abrazo duradero o el desgarrador hallazgo de que la muerte no acaba con el amor.
Las primeras escenas logran un realismo refrescante. Sin embargo, los personajes se convierten en transmisores poco creíbles de una crítica política que carece de sutileza.
Su intención es loable al intentar ofrecer una plataforma a la víctima a través de una cuidadosa reconstrucción. Sin embargo, es discutible cómo Hormann presenta el asesinato de Aynur como un desenlace inevitable.