Este vibrante retrato de Cairo en la cúspide de la Primavera Árabe se salva gracias al evidente afecto que el director tiene por la ciudad y por la sensación extraña de visitar un lugar desaparecido.
Cuando Villeneuve anunció que su película debía ser vista en pantallas grandes, no estaba exagerando. Sin embargo, no mencionó que la experiencia podría ser algo tediosa.
El elenco busca emular el estilo de Almodóvar en cada momento, lo que se convierte en un punto débil para un debut que, de otro modo, resulta impresionante.
Lo hipnótico de ella es la seriedad con la que trata el material del cuento de hadas, combinada con un diseño de producción onírico y evocadora que resulta más efectivo porque es más real.
Las escenas donde se teoriza resultan aburridas, y los flashbacks carentes de un impacto dramático solo confirman la idea de que el aparentemente encantador Fife es, en realidad, un narcisista desconectado de la realidad.
A medida que avanza la dispersa trama, se hace evidente que la película carece de elementos visuales impactantes. Un toque de imágenes generadas por ordenador, efectos prácticos o una nueva localización habrían beneficiado a la historia.