Lo más curioso de la nueva película de Harry Potter no es solo que sea excepcional, sino que resalta la debilidad de las cinco entregas anteriores de la saga.
La película de Ben Taylor aborda la fecundación in vitro con un guion excesivamente literal y un tono que mezcla ironía con un exceso de sentimentalismo, lo que termina por restarle frescura y humor al relato.
Una animación poco atractiva que se siente como una mera estrategia de marketing, donde los personajes de Star Wars disfrutan de un crucero mientras comparten sus vacaciones más memorables.
Una película que explora de manera impactante la vanidad presente en Hollywood, el sadismo en las relaciones humanas y la habilidad del ser humano para autoengañarse.
Timothée Chalamet interpreta a un Bob Dylan con un peinado icónico y unas gafas distintivas, y aunque su canto es aceptable, el drama carece de energía, ya que el protagonista se siente como una pizarra en blanco.