La emoción de una historia de perdedores nunca envejece. Es satisfactorio, como suelen ser las mejores películas deportivas: una intensa narrativa de triunfo y adversidad, narrada de manera inteligente.
Una historia sobre clases, amistad, ambición y las cosas que hace la gente al mezclar dinero y moralidad. Detrás de la chinchilla y la purpurina corporal palpita un corazón inteligente.
Hay algo encantador y silenciosamente profundo en el punto en que se encuentra la película: una historia de amor generacional que trasciende viejas heridas y desventuras.
A menudo se presenta como una hagiografía, aunque también logra ser aguda y comprensiva. La película está diseñada para humanizar la vida de los protagonistas de los tabloides y nos recuerda, una vez más, los orígenes de Jennifer Lopez.
Un documental crudo que no puedes dejar pasar. Con un vibrante estilo punk-rock y la energía de su ecléctico protagonista, se siente más como un réquiem o un epílogo.
Un retrato fascinante, aunque ocasionalmente frustrante, de una notable artista joven que intenta vivir bajo su propia idea de la honestidad radical en una época de información infinita.
Una exploración inteligente y reveladora de un hombre cuya influencia, para mejor o para peor, puede haber superado de lejos sus más salvajes expectativas.
La presencia más importante es la de Ginsburg: trémula y a veces indecisa por la edad, pero sigue siendo un torrente de inteligencia vivaz, pura voluntad y poder.
La película mantiene una fuerte similitud con 'Moulin Rouge!' y evoca la esencia de Broadway llevada a una gran pantalla. Esto, lejos de ser un aspecto negativo, es atractivo para quienes disfrutan de ese estilo.