Todo es plácido, humorístico, humano, como si esos personajes, con sus miserias y sus grandezas muy del tamaño de lo cotidiano, vivieran al lado de nuestra casa. En ese sentido, la película de Robert Benton es más inmersiva que un tanque 3D.
El núcleo es Penélope Cruz, que aquí logra combinar el capricho de una artista con la inteligencia, una rara ternura y, sobre todo, gracia, conocimiento sobre los tiempos de la comedia.
A pesar de la actuación excepcional de Rosamund Pike como la estafadora principal, cuando todo parece llegar a su fin de la manera más sombría, surge una lección moral. Lo que ocurre no es ilógico, pero su resolución se siente artificialmente reconfortante.
Funciona como un espejo distorsionado y divertido de nuestra vida adulta. A pesar de su impresionante calidad técnica, es la narrativa en sí la que realmente nos atrapa.
El film se centra en la actuación de Mike Amigorena, que es notable. Aunque la trama de redención puede resultar predecible y se desarrolle hacia el melodrama, logra rescatar elementos interesantes en el manejo de los personajes secundarios.
El infinito catálogo de alegrías y tristezas de los tres hermanos que van y vienen en el tiempo sigue adelante, manteniendo la destacada calidad actoral y la precisión en el guión que siempre ha caracterizado a la serie.
La serie presenta una serie de problemas e intrigas que reflejan el conflicto entre la vida personal y las responsabilidades. Además, incluye una dosis de sátira sobre ciertas tradiciones. Sin duda, es de lo mejor que ofrece la modalidad on demand.
El mayor acierto es dejar jugar a los actores y registrar lo que mejor saben hacer; el mayor defecto, buscar una moraleja en algunos casos demasiado subrayada. Este film es un verdadero catálogo del cine industrial argentino de hoy.
Nos quedamos con la impresión de que se nos cuenta algo de más, de que quizás la historia sería más bella siendo más breve. Original, sí; amable, también. Solo un poco decepcionante.
Comedia social sin grotesco, con un grupo de actores que saltó a la fama y con una extraña pero bienvenida mirada desde la infancia que vuelve todo de una ternura y precisión narrativa notables.
Un espectáculo completamente catártico y vertiginoso, con un enfoque cómico en general. Se trata de eso, ni más ni menos: el cine como arte abstracto, pura forma y un juego visual.
La duda es si esto representa más cinismo que cine. Deberíamos cuestionarnos por qué cada vez confiamos menos, tanto en las películas como en Papá Noel.
El elenco comprende la situación compleja y la experimenta con una naturalidad que resulta, de alguna manera, inquietante en un relato que no puede evitar ser perturbador. Y está bien así.