'Rogue One' comprende perfectamente la historia que está narrando y las coordenadas en las que se sitúa. Asume riesgos, y esa es la mejor decisión que podría haber tomado la factoría de Star Wars.
Por su tono delirante y estructura líquida, el filme podría considerarse un contrapunto de Marvel. Lo recomendable es abandonar prejuicios y entregarse al goce. La más acabada experiencia sensorial que haya dado el cine mainstream en años.
Aún con desaciertos productos del fervor panfletario del director, 'Yo, Daniel Blake' es una obra seductora y amarga que entabla puentes de empatía y desvanece prejuicios.
Sortea con humor y desfachatez la densidad de una obra teatral de profuso diálogo, y logra una película fresca que explora en la lealtad de tres amigos.
Reclama su éxito en una constelación de detalles atinados que se rehúsa a ser la sumatoria de sus partes. Sí: entretiene y agrada. Sí: se olvida a la brevedad. La película lo sabe y guiña un ojo.
Es ciencia ficción mestiza, con un existencialismo remanido, pero que tampoco se priva de cierta espectacularidad. El vaivén está regulado y James Gray, por decirlo de algún modo, le gana al estudio: la identidad audiovisual devora la intensión aventurera.
Uno de los aciertos de este singular drama postapocalíptico es su discreta bajada de línea; pocas películas hacen gala de un feminismo tan auténtico y espontáneo.
Con ideas simpáticas no alcanza. Esta premisa podría haber provocado risas en una reunión de creativos, pero de ahí a transformarse en un largometraje hay un largo camino por recorrer.
'Deadpool 2' busca ser subversiva al mismo tiempo que intenta conectar con las desventuras del protagonista. El resultado es una película que a menudo se siente trivial, aunque cuenta con algunas cualidades estéticas.
Este filme no cae en la pedantería racional del thriller, pero tampoco elige la cabriola delirante. No estamos ante la maestría de Tarantino en 'Los ocho más odiados', pero se percibe una soltura que proviene de la experiencia.
Un producto deforme pero, sobre todo, libre y de imaginación insaciable. Es tan poderoso que la presencia autorreferencial de Raphael se convierte en un detalle secundario, un simpático accesorio entre miles.
El único sello distintivo del director es su regodeo tendencioso con la tortura física y psicológica. Fuera de ese rango no hay decisión estética novedosa.