Hasta esta película, Yimou tejía narraciones con precisión. Ahora, todo ha cambiado. Abordando el tema del capitalismo voraz, se percibe una fractura. La estructura se descompone y la sintaxis se desdibuja. No hay una historia como tal, sino una ironía vibrante y provocadora.
Entre la comedia negra y el frenesí más simple, la película se mantiene en un terreno inestable. No obstante, gracias al talento de los actores, la trama avanza, aunque de manera algo irregular.
Entre la comedia, la acción y el todo vale, una aparatosa indigestión de buenas intenciones. Recuerda a "Algo salvaje" y, en efecto, produce Jonathan Demme.
Navega de cliché en cliché hasta el más rumboso e inane de los olvidos. Una intrascendencia tan lacerante que se diría rodada no tanto por un director, sino por el propio algoritmo que tanto se menciona.
Un acto de amor al monstruo. Álvarez expande el mito del xenomorfo creado por Dan O'Bannon, H. R. Giger y Ridley Scott en 1979, llevándolo a un nivel de disfrute y delirio sin precedentes.
Es un 'western-punk' que destaca por su rigor y atención al detalle, devolviendo al cine de acción una sensación de autenticidad. Cada plano transmite dolor, irritación y, sobre todo, entusiasmo.
En su intento de parodiar o interpretar un fenómeno, la película se convierte en lo mismo que pretende criticar. En otras palabras, 'Mi gran noche' no se diferencia mucho de un programa de Nochevieja. Sin embargo, Raphael brilla con fuerza.
Enrabietada y violenta invitación al caos. el resultado es más bien difuso. Pierde fuerza cuando se empeña en el discurso más o menos evidente y gana enteros cuando salpica la furia.
Lejos de Álex de la Iglesia la tentación del buen gusto, el director logra transformar un encantador ejercicio de estilo en un frenético despliegue donde cada cristiano que aparece es rápidamente decapitado.
El apocalipsis tiene un pasado y el futuro es femenino. Miller enriquece la leyenda de Mad Max con la entrega más reflexiva y estructurada de la saga, sin sacrificar el extravagante y contemporáneo encanto de la caótica armonía que la caracteriza.
Es una película tan lucida y emotiva como convencida de que una sociedad justa, equilibrada y decente precisa de individuos menos angustiados, menos ridículos y algo más conscientes de sí y de los otros.
Oliver Laxe deslumbra con su obra. Es una producción notable que cuenta con un trabajo fotográfico extraordinario de Mauro Hercé. Se presenta como una película de belleza tanto provocadora como hipnótica, al mismo tiempo que actúa como una apología y refutación del fuego.