Vocacionalmente violenta, obligadamente salvaje, pero, sobre todo, deslumbrante en su claridad. Además, y esto es lo que cuenta, profundamente divertida. Brillante, magistral incluso.
Un José Sacristán sencillamente inmenso. El problema es que, a ratos, el lirismo y la metáfora excesiva se apoderan de la narración y la vuelven monótona.
Muy metida en su papel de comedia para listos, es decir, consciente de que hace gracia. A la cinta se le va la mano. De principio a fin, luce el aspecto de una película de los hermanos Coen, pero sin los Coen.
Hasta esta película, Yimou tejía narraciones con precisión. Ahora, todo ha cambiado. Abordando el tema del capitalismo voraz, se percibe una fractura. La estructura se descompone y la sintaxis se desdibuja. No hay una historia como tal, sino una ironía vibrante y provocadora.
Entre la comedia negra y el frenesí más simple, la película se mantiene en un terreno inestable. No obstante, gracias al talento de los actores, la trama avanza, aunque de manera algo irregular.
Lejos de Álex de la Iglesia la tentación del buen gusto, el director logra transformar un encantador ejercicio de estilo en un frenético despliegue donde cada cristiano que aparece es rápidamente decapitado.
Retrato, estrepitoso y vociferante, de un país o, ya puestos, la propia condición humana. Y así. Tan metafórico, tan 'sicilianamente' veneciano. Tan ruidosa y cansinamente metafórico.
La cinta es una auténtica bomba contra cualquier amago de optimismo. Y eso viniendo de un griego es mucho. Tan brillante como desoladora. Pocas veces se disfruta tanto las ganas irrefenables de suicidarse. Así de salvaje.
García-Ruiz deteriora la comedia al mezclarla con las imperfecciones de la vida, pero logra crear, gracias a dos intérpretes brillantes, una película que es a la vez irreverente, libre y efectiva.
Deslumbrante laberinto barroco, un extraño y delirante trampantojo que combina comedia y tragedia, y terror y melodrama. Es una experiencia gozosa y brutal.
Un drama de época tan peculiar, personal y, por supuesto, turbio que no queda otra que rendirse. Lanthimos acierta a acercarse como nunca antes a sí mismo.
Comedia para quienes no han asistido a una reunión de vecinos, y un drama realista para el resto. Es mordaz, sangrante, cruel y, sobre todo, extremadamente fiel a la realidad.
Magistral ejercicio de hipnotismo. Pablo Berger crea uno de los más audaces y brillantes ejemplos de equilibrio cinematográfico que ha ofrecido el cine español en los últimos tiempos.