Oliveria crea un poema delicado, con una apariencia ingenua que esconde una fuerte carga emocional, reflexionando sobre el amor y la muerte. Su espiritualidad es a la vez dulce y esencialmente física.
El director presenta una intensa y perturbadora representación del vacío. El público se ve envuelto en el sufrimiento del protagonista, lo que genera una conexión profunda con su dolor.
Una fría, calculada y feroz disección de una sociedad tan perdida como el niño del título. Sin duda, un ejercicio de dirección tan sensible como enérgico.
Un drama pausado, meticuloso y profundo que refleja las fisuras en la pantalla provocadas por su delicada puesta en escena, permitiendo que la vida se entrelace con la narrativa.
Es esencialmente un cine que desafía la lejanía, plasmando un genuino temor al vacío. La historia se presenta al espectador con la inmediatez de lo real. Es una experiencia cinematográfica que conecta con lo más profundo.
Son más las ocasiones en las que enfocamos nuestra atención en el camarógrafo que en la propia tragedia, presentando una narrativa cuya acción no progresa o lo hace de manera deficiente.
Un ejercicio de cine que se fundamenta en la eliminación total de los gestos y en la ruptura con las reglas convencionales. Es, sin duda, la interpretación más intensa y cruda de 'La vida y nada más'.
Una delicada y elegante maravilla que sin inventar nada, alejando de sí cualquier amago de originalidad, consigue colocarse en el sitio correcto a la hora adecuada. Imposible no emocionarse, impensable no estar de acuerdo.
Una fábula que eleva la animación española. Herguera transforma su debut en un hermoso lienzo de texturas y colores, creando sueños animados que trascienden la pantalla.