Descarnada, lenguaraz y cálida comedia sencillamente genial. Frears regresa de Hollywood al territorio de las pequeñas y grandes obras de sus orígenes.
El director logra plasmar con exactitud el vacío que supone una huida y la tristeza que la acompaña. Esto se debe en gran parte a las interpretaciones de Susi Sánchez y Bárbara Lennie, quienes se presentan de manera calculada y perfectamente desquiciada.
Una película fríamente abstracta que se desplaza por la percepción con una risa sombría que resuena con el concepto de su título, que habla del final. Tanto su trágico como su cómico hacen una combinación intrigante.
Pierde los elementos distintivos y la profundidad que hacían a 'El padre' una obra destacada, acercándose a un convencionalismo menos intrigante. Es una película que duele, que es significativa y de una dureza esencial.
Un drama nórdico que explora la insatisfacción y la vacuidad. Aunque suena pretencioso, efectivamente lo es. La película carece de sentido y presenta una reflexión existencial que, a pesar de su riqueza visual, se siente desenfocada.
El director presenta una intensa y perturbadora representación del vacío. El público se ve envuelto en el sufrimiento del protagonista, lo que genera una conexión profunda con su dolor.
Una fría, calculada y feroz disección de una sociedad tan perdida como el niño del título. Sin duda, un ejercicio de dirección tan sensible como enérgico.
La película se sumerge en la búsqueda de una representación auténtica para el espectador. Es un poderoso ejercicio que reivindica la realidad y, sin lugar a dudas, resulta emocionante.
Se mantiene fiel a su esencia de pesadilla desde el principio hasta el final. Impacta la frialdad con la que se explora la naturaleza del frío y sorprende la madurez con que se maneja el agobio. Haneke continúa demostrando su maestría a la hora de crear distancia.
Un drama pausado, meticuloso y profundo que refleja las fisuras en la pantalla provocadas por su delicada puesta en escena, permitiendo que la vida se entrelace con la narrativa.
El director no logra captar nuestro interés en ningún momento. Aunque se aprecia su esfuerzo y la intención de plantear interrogantes, la película resulta ser errática y, en última instancia, un gran fracaso.
Es esencialmente un cine que desafía la lejanía, plasmando un genuino temor al vacío. La historia se presenta al espectador con la inmediatez de lo real. Es una experiencia cinematográfica que conecta con lo más profundo.
A pesar de carecer de enfoque, la película logra, en ciertos momentos, convertir su falta de coherencia en una justificación para causar impacto. Es intensa en su caos.
Son más las ocasiones en las que enfocamos nuestra atención en el camarógrafo que en la propia tragedia, presentando una narrativa cuya acción no progresa o lo hace de manera deficiente.