'Everest' tarda demasiado en aprovechar el potencial épico de su historia, convirtiéndose en una película que ha comenzado la 72ª edición del Festival de Venecia con más pena que gloria.
Cuando el relato se adentra en el inframundo de la Tierra de los Recordados, la avalancha de imaginería cálido-siniestra embelesa los sentidos, y nos hace pensar en un Tim Burton tocado por el ardor latino.
Ingenio, adrenalina y una intertextualidad frenética. Puede que la subtrama romántica carezca de chispa, pero aun así logra su objetivo: arquear las cejas del público sin apelar demasiado a su corazón.
El director se deja llevar por la indolencia y desperdicia un arranque prometedor. La película claudica ante unos efectismos y trampas que denotan más pereza que ingenio.
Película que consigue poner al espectador contra la pared de sus propios prejuicios, al tiempo que abre una vía de exploración de la fisicidad fílmica que invita a esperar con impaciencia el trabajo futuro de la joven cineasta.
Resulta casi imposible hacer justicia a las emociones profundas que despierta esta obra maestra en la carrera del cineasta neoyorquino. Son serenas y penetrantes, a la vez que tempestuosas y acuciantes.
No se traduce en una obra nostálgica. Más que recrear un tiempo pasado, al cineasta bretón le interesa capturar con vivacidad la profunda desazón que la muerte de un ser querido provoca en su delicado protagonista.
‘El agua’ disecciona una realidad que, como ocurre en el cine de Pier Paolo Pasolini, transforma el dolor en rito, la marginalidad en un impulso de resistencia y lo atávico en un sendero hacia la transgresión y la libertad.
Un convincente despliegue estético que busca trasladar a la pantalla un guion que aparenta una cierta distensión pero que funciona como una maquinaria de gran precisión.
Con empuje político y mostrando una fuerte empatía hacia sus personajes, Linklater consigue imprimir un sello personal a su adaptación de la despiadada novela homónima de Maria Semple.
Se estanca en una visión unidimensional de la exaltación hormonal. Cuando la película consigue distanciarse mínimamente de la lascivia exaltada, surgen momentos de interés.
Dos figuras marginales que encuentran su lugar en el mundo gracias a la fuerza de la amistad. Suena a cliché, pero el humor y la complicidad del director con sus personajes hacen que la fórmula funcione.
'Un amour de jeunesse' toca el cielo gracias al audaz uso de la elipsis y a la transparencia cristalina de sus imágenes. Por momentos, da la impresión de que la directora juega sobre seguro, pero su talento y delicadeza son indiscutibles.
Apuesta por crear un deslumbrante y adictivo flujo de conciencia pop. El director infunde al conjunto una propia inercia, sustentada en un sentido de la ironía que refleja una juguetona autoreflexividad.
Una película que consigue esquivar la tentación del moralismo para convertirse en una privilegiada puerta abierta a los misterios de la generación que, muy pronto, dará forma y futuro a nuestro mundo.
Extraordinario ejercicio de orfebrería fílmica que se aproxima a la figura de Karen Blixen con un espíritu heterodoxo, a través de una colección de gestos elocuentes e imágenes de gran fuerza sensorial.