Ingenio, adrenalina y una intertextualidad frenética. Puede que la subtrama romántica carezca de chispa, pero aun así logra su objetivo: arquear las cejas del público sin apelar demasiado a su corazón.
Resulta casi imposible hacer justicia a las emociones profundas que despierta esta obra maestra en la carrera del cineasta neoyorquino. Son serenas y penetrantes, a la vez que tempestuosas y acuciantes.
No se traduce en una obra nostálgica. Más que recrear un tiempo pasado, al cineasta bretón le interesa capturar con vivacidad la profunda desazón que la muerte de un ser querido provoca en su delicado protagonista.
‘El agua’ disecciona una realidad que, como ocurre en el cine de Pier Paolo Pasolini, transforma el dolor en rito, la marginalidad en un impulso de resistencia y lo atávico en un sendero hacia la transgresión y la libertad.
Un convincente despliegue estético que busca trasladar a la pantalla un guion que aparenta una cierta distensión pero que funciona como una maquinaria de gran precisión.
Con empuje político y mostrando una fuerte empatía hacia sus personajes, Linklater consigue imprimir un sello personal a su adaptación de la despiadada novela homónima de Maria Semple.
Se estanca en una visión unidimensional de la exaltación hormonal. Cuando la película consigue distanciarse mínimamente de la lascivia exaltada, surgen momentos de interés.
Dos figuras marginales que encuentran su lugar en el mundo gracias a la fuerza de la amistad. Suena a cliché, pero el humor y la complicidad del director con sus personajes hacen que la fórmula funcione.
Apuesta por crear un deslumbrante y adictivo flujo de conciencia pop. El director infunde al conjunto una propia inercia, sustentada en un sentido de la ironía que refleja una juguetona autoreflexividad.
Una película que consigue esquivar la tentación del moralismo para convertirse en una privilegiada puerta abierta a los misterios de la generación que, muy pronto, dará forma y futuro a nuestro mundo.
Extraordinario ejercicio de orfebrería fílmica que se aproxima a la figura de Karen Blixen con un espíritu heterodoxo, a través de una colección de gestos elocuentes e imágenes de gran fuerza sensorial.
Pese al peso ineludible de las anteriores versiones, Cooper consigue conferir al film una personalidad propia, que lo convierte en un drama solvente, (...) iluminado por la honestidad de su director/protagonista.
La película resulta ser víctima de la autocomplacencia de su director, ya que transita de manera errática debido a la falta de profundidad psicológica de sus personajes.
Una narración demasiado expeditiva, sobre todo en el arranque y el desenlace. Lo mejor: la fusión de relato intimista y crónica histórica. Lo peor: su academicismo formal.
En ciertos momentos, Akin se acerca con decisión a la versión más aventurera y física del cine épico. Sin embargo, a medida que avanza el film, la dimensión más melodramática y maniquea del relato va imponiendo su ley.