'Borderlands' quedará registrada como un experimento fallido que intentó adaptar la lógica del videojuego original a la narrativa cinematográfica. Roth dirige sin gracia y con una falta de profundidad evidente.
Con elementos del cine fantástico, el terror y la sátira, Pablo Larraín transforma a Augusto Pinochet en un anciano con colmillos y sed de sangre y construye alrededor de esa alegoría su película más explícitamente política.
Un sangriento y divertido cuento de Navidad. Con un excelente David Harbour, este thriller combina elementos de algunos clásicos contemporáneos de las festividades, desde 'Mi pobre angelito' hasta 'Duro de matar'.
Detrás de todo lo que podría resultar incómodo y desagradable hay una exaltación del mejor compañerismo, de la alegría compartida en un tiempo de penurias, de la gracia genuina que se logra a través de la comedia física.
Sin demasiadas vueltas ni sutilezas, los directores vuelven a entregar el retrato explícito, impiadoso y cruel de un mundo marcado a fuego por las simulaciones, el envanecimiento, los sueños de gloria y el falso orgullo.
Los actores quedan tapados y ocultos por completo detrás de un monumental dispositivo de efectos visuales, sobrecargado y ruidoso, que no funciona como herramienta sino como objetivo. Todo el clímax se resuelve a través de la tecnología.
'Furiosa' es arte en movimiento. La película se basa en un concepto visual y narrativo donde el movimiento constante, frenético e incansable se convierte en su único motor.
'Un lugar en silencio: día uno' es un notable inicio de una fábula futurista de terror. Sarnoski mantiene una visión que preserva la atmósfera característica de 'Un lugar en silencio'.
Ball muestra gran habilidad en la construcción visual de las escenas de acción, aprovechando de manera excepcional la tecnología digital y la captura de movimiento, que resulta impecable y casi deslumbrante.
Eggers logra sostener una atmósfera inquietante, magnética y de poderosa belleza mediante una sucesión de planos y secuencias. Sin embargo, en esta ocasión, presenta menos misterio y sorpresa que en sus obras anteriores.
Carece de la inventiva que caracterizaba a su historia original. La ausencia de gracia y creatividad es tan evidente que incluso Zooey Deschanel pierde el encanto que solía transmitir en sus breves y desaprovechadas intervenciones.
El relato destaca por su grandilocuencia. Además, es digno de elogio el modo en que se impregna de epicidad una aventura que se reconoce claramente como un episodio intermedio.
Es una muestra más de la fatiga creativa de Marvel. Disimulada por el ruido y una ininteligible marea de efectos visuales, la despedida del antihéroe encarnado por Tom Hardy repite fórmulas, chistes y hasta diálogos ya vistos en otras historias.
Marvel deja de lado el tono alegre y desenfadado que caracterizaba las aventuras anteriores de Peyton Reed. La esencia del autor se diluye en un guion predecible y, en especial, carente de cualquier destello de ingenio.