Es un desfile de rutinas desganadas, chistes gastados, una narración con saltos y cambios de tono inexplicables y mucho ruido. Al ser todo tan gratuito, el desparpajo de la primera aventura se transforma aquí en pura vulgaridad.
La presencia de un carismático protagonista como Miguel Bernardeau no alcanza para compensar los vaivenes de una nueva adaptación condicionada por los mandatos de la corrección política y algunas malas decisiones tomadas alrededor de la edición y la música.
Hay pocas ganas de salir de los lugares comunes para la creación de una atmósfera de pesadilla, ilustrada todo el tiempo por golpes de efecto visuales y sonoros.
Peter Segal tiene aquí la virtud de sazonar todas las convenciones de este tipo de historias con bienvenidos chistes y situaciones que logran desafiar la corrección política de moda.
Las mismas fortalezas que sostuvieron el regreso triunfal de Jumanji en 2017 están a la vista en esta continuación. Hay en sus artífices un confeso y visible amor por la aventura en todas sus formas posibles desde el cine.
Un par de genuinos placeres quedan como alivio: la excelencia del impresionante trabajo de los numerosos especialistas en efectos visuales y, una vez más, el gran carisma de Dwayne Johnson, quien domina tanto la acción como la comedia física.
Un relato que confía ante todo en la notable capacidad de Baumbach para captar al vuelo reacciones (sobre todo de parte de la extraordinaria Watts) y conductas que van del optimismo a la conciencia de la desventura.
La fórmula comienza a ser redundante. Cuando el interés se desvanece, la película se apoya en la brillante actuación de Fiennes y Taylor-Joy, quienes son los únicos que logran destacar en medio de un mar de imposturas muy evidentes.
No hay aquí lugar para la elipsis o la sutileza. Costa y Pfening hacen un esfuerzo notable para invitarnos a descubrir todo lo que pasa por la conciencia y el corazón (...) pero Coixet derriba ese hechizo con explicaciones sobreentendidas y redundantes.
Con una extraordinaria actuación protagónica de Marcelo Subiotto, la película utiliza muy bien los recursos de la comedia clásica en un atípico entorno.
Aventura ultraviolenta, llena de ironía y a la vez muy divertida. Los tres elementos se retroalimentan todo el tiempo y de esa fusión surgen algunos grandes momentos.
La película presenta chistes que probablemente resonarán más con los adultos que conocen la serie. En cambio, para los niños, regresa a un universo familiar. Estos contrastes ya los hemos observado, con mejor suerte y mayor creatividad, en la notable 'Hotel Transilvania'.
Kaurismäki logra que el espectador nunca pierda de vista las miserias materiales, morales y espirituales del mundo real, mientras lo guía a través de una narrativa que entrelaza la fábula con el cuento de hadas.
El primer mérito de esta atractiva producción israelí radica en su capacidad para clarificar lo que, en un principio, podría considerarse un planteamiento complejo, oscuro y denso, apto solo para un selecto grupo de especialistas.
La directora sortea con discreción algunos de los desequilibrios a los que ella misma decide exponerse y en los mejores momentos de un film dispar hasta consigue conmover al espectador.
Todo suena calculado, demasiado autoconsciente, como si hasta los chistes más provocativos sobre la propia realidad de Marvel y Disney tuviesen el guiño de las propias corporaciones.