Las mismas fortalezas que sostuvieron el regreso triunfal de Jumanji en 2017 están a la vista en esta continuación. Hay en sus artífices un confeso y visible amor por la aventura en todas sus formas posibles desde el cine.
Un par de genuinos placeres quedan como alivio: la excelencia del impresionante trabajo de los numerosos especialistas en efectos visuales y, una vez más, el gran carisma de Dwayne Johnson, quien domina tanto la acción como la comedia física.
Un relato que confía ante todo en la notable capacidad de Baumbach para captar al vuelo reacciones (sobre todo de parte de la extraordinaria Watts) y conductas que van del optimismo a la conciencia de la desventura.
No hay aquí lugar para la elipsis o la sutileza. Costa y Pfening hacen un esfuerzo notable para invitarnos a descubrir todo lo que pasa por la conciencia y el corazón (...) pero Coixet derriba ese hechizo con explicaciones sobreentendidas y redundantes.
Con una extraordinaria actuación protagónica de Marcelo Subiotto, la película utiliza muy bien los recursos de la comedia clásica en un atípico entorno.
Aventura ultraviolenta, llena de ironía y a la vez muy divertida. Los tres elementos se retroalimentan todo el tiempo y de esa fusión surgen algunos grandes momentos.
La película presenta chistes que probablemente resonarán más con los adultos que conocen la serie. En cambio, para los niños, regresa a un universo familiar. Estos contrastes ya los hemos observado, con mejor suerte y mayor creatividad, en la notable 'Hotel Transilvania'.
Kaurismäki logra que el espectador nunca pierda de vista las miserias materiales, morales y espirituales del mundo real, mientras lo guía a través de una narrativa que entrelaza la fábula con el cuento de hadas.
El primer mérito de esta atractiva producción israelí radica en su capacidad para clarificar lo que, en un principio, podría considerarse un planteamiento complejo, oscuro y denso, apto solo para un selecto grupo de especialistas.
La directora sortea con discreción algunos de los desequilibrios a los que ella misma decide exponerse y en los mejores momentos de un film dispar hasta consigue conmover al espectador.
Todo suena calculado, demasiado autoconsciente, como si hasta los chistes más provocativos sobre la propia realidad de Marvel y Disney tuviesen el guiño de las propias corporaciones.
'Borderlands' quedará registrada como un experimento fallido que intentó adaptar la lógica del videojuego original a la narrativa cinematográfica. Roth dirige sin gracia y con una falta de profundidad evidente.
Con elementos del cine fantástico, el terror y la sátira, Pablo Larraín transforma a Augusto Pinochet en un anciano con colmillos y sed de sangre y construye alrededor de esa alegoría su película más explícitamente política.
Un sangriento y divertido cuento de Navidad. Con un excelente David Harbour, este thriller combina elementos de algunos clásicos contemporáneos de las festividades, desde 'Mi pobre angelito' hasta 'Duro de matar'.
Detrás de todo lo que podría resultar incómodo y desagradable hay una exaltación del mejor compañerismo, de la alegría compartida en un tiempo de penurias, de la gracia genuina que se logra a través de la comedia física.
Sin demasiadas vueltas ni sutilezas, los directores vuelven a entregar el retrato explícito, impiadoso y cruel de un mundo marcado a fuego por las simulaciones, el envanecimiento, los sueños de gloria y el falso orgullo.
Los actores quedan tapados y ocultos por completo detrás de un monumental dispositivo de efectos visuales, sobrecargado y ruidoso, que no funciona como herramienta sino como objetivo. Todo el clímax se resuelve a través de la tecnología.