Hay demasiada charlatanería y por momentos resulta evidentemente aburrida al opacar su historia de amor para dejarse seducir por cuestiones obvias, distantes de sus valiosos precedentes.
Con ‘La doncella’ centellean influencias de tonalidades entre románticas y surrealistas para remontarnos al divino Marqués, visto por Pasolini, e incluso familiarizarse desde Seúl con sus vecinos Yukio Mishima y Nagisa Oshima.
Además de resaltar sus capacidades oratorias y persuasivas, un minucioso guion del historiador Alex von Tunzelmann recrea en términos familiares y amistosos algunos parlamentos cruciales establecidos con sus poderosos colegas.
Su ambientación es muy cuidadosa, con bellos e idílicos paisajes de montaña, pero adolece de malas interpretaciones escénicas cercanas a la ridiculez o exageración de contorsionados e irreales giros dramáticos a través del tiempo.
Esta vez, sin necesidad de actuar, la madura estrella masculina ha reconfirmado sus calidades como realizador independiente, concienzudo coguionista y exigente productor.
Su virtuosismo narrativo, con el sello atribuido al realizador mexicano Guillermo del Toro, alcanza las dimensiones de una fábula romántica levemente terrorífica.
Una discreta comedia de trazos conmovedores, con amistades fortuitas regidas por la solidaridad y un espíritu libertario capaz de afrontar intransigencias manifestadas en escuelas y hogares conservadores.
Si bien el tema de los narcos ha sido reiterativo en televisión, cayendo frecuentemente en la apología del antihéroe, vale rescatar un producto internacional en pantalla grande, dirigido por el madrileño Fernando León de Aranoa.
De Welles a Hitchcock, pasando por Kubrick y Coppola, el maestro Scorsese cultiva el espíritu crítico de sus historias americanas decadentes y mantiene las dimensiones colosales de complejidades o contradicciones atribuidas a la condición humana.
Con una interesante factura documental que recopila archivos noticiosos de protestas callejeras y testimonios de las víctimas, las técnicas de reproducción de la época logran que el espectador sienta la experiencia del día a día, con las imperfecciones propias de tales imágenes.
Aun criticándosele cierto afán melodramático, hay un estudio pormenorizado sobre el desgaste emocional que conllevó la clandestinidad de su relación amorosa. Por momentos, Naomi Watts adopta el arquetipo de todos conocido e igualmente tambalea sin darle los matices necesarios.
Película hermosísima cuya exquisita coreografía, la rítmica musicalización del habitual compositor Shigeru Umebayashi y una ágil sucesión de planos cortos alcanzan niveles realmente sublimes.