Estamos ante una película nacional fresca, alternativa y juvenil. Su fluidez narrativa se acompaña de un estilo neorrealista y una poesía tribal que resulta revitalizante en el contexto del posconflicto. ¡Bravo!
Brota una forzada historia de amor. Los personajes secundarios están tratados con un sentido humano e integridad; además, la fotografía digital es brillante y contrastada. Sin embargo, la dirección certera de actores talentosos se ve empañada por un protagonista que carece de expresividad.
El versátil documentalista Bendjelloul inicia su investigación cinematográfica en dos continentes, recolectando pruebas y testimonios sobre los fracasos y éxitos que ha encontrado en su camino. Esta trama se desarrolla utilizando un enfoque que recuerda al de un thriller.
Una película de ambiente rural, honesta y sin mayores pretensiones. (...) El director David Mackenzie, escocés, abandona los esquemas propios de Hollywood para describirnos asuntos escamosos de innegable trascendencia.
Su desarrollo dramático no lineal muestra distintos episodios de vida que se desprenden de manera asociativa, aunque a veces resultan algo forzados por las circunstancias. Persiste un desconcierto y la sensación de que hay aspectos que no se concretaron en las intenciones de su autor.
Los sentimientos afloran en la tradición naturalista japonesa, y el punto de vista femenino revela una depurada concepción del intimismo cinematográfico.
Aunque se busque establecer una conexión con el espectador, la narración presenta momentos lentos y acciones repetitivas. No ocurre nada realmente sorprendente.
No obstante su confusa y reiterativa perorata, la trama se desarrolla de una manera concluyente para caer en situaciones delirantes. El espectador sensible puede verse afectado ante la crudeza expuesta y preguntarse cómo es posible que persistan tantas telarañas.
Con un desparpajo similar al de Almodóvar, este brillante director logra cautivar e irritar al espectador más desprevenido con giros dramáticos inesperados en su historia.
Propiciar la finalización de una absurda guerra eterna, por iniciativa femenina y después de tantas muertes, equivale a reconocer las excelencias del segundo largometraje de la cineasta libanesa Nadine Labaki.
Aunque las situaciones se presentan esquematizadas y sus protagonistas se dejan seducir por una que otra sobreactuación, a De la Iglesia no se le pueden negar las habilidades escénicas y narrativas capaces de convertir un suceso cualquiera en eje temático.
Un brío particular inunda la pantalla y el espectador queda literalmente pegado al asiento en esta fenomenal comedia negra argentina donde no hay minuto malo.