Remite a los guiones de Charlie Kaufman. Historias que dispersan, y terminan acercando al filme a una de esas típicas comedias de intercambio de cuerpos.
Sutil y experta en las herramientas del cine, la película aborda la diversidad de este universo educativo, revelando sus problemas, contradicciones y carencias. Lo hace a través de una observación cuidadosa, sin caer en voces en off, sin recurrir a cabezas parlantes ni a retórica.
Un tanto irregular, pero desaforada, espasmódicamente entretenida. recibe al espectador con un cross al mentón y un desenfrenado combo cinematográfico que bombardea los sentidos.
La película presenta varios puntos débiles, como la redundancia, el maniqueísmo y, especialmente, la excesiva acumulación de situaciones dramáticas, que son más expresadas que realmente puestas en escena.
Cine europeo de calidad situado en un tercer mundo impreciso y reconocible, donde se busca educar sin dureza, apelando a la sensatez, las buenas intenciones y las moralejas.
Ésta película resulta amable, agridulce, emotiva, aunque a veces algo mecánica y previsible. Lástima que se vuelva tan ampulosa al final: alcanzaba con hacer visible lo invisible.
Con inteligencia, Martínez evita la trampa de crear un simple catálogo de situaciones insólitas que probablemente haya vivido. Los elementos dramáticos son sutiles, pero muy efectivos.
Casi todo falla: la pareja no tiene química; ella parece llevarlo siempre a él por delante. El cinismo superficial se alterna con la emotividad manipuladora, sin provocar mayor efecto en ninguno de los casos, y se percibe un tufillo moralista.
Un producto más cercano al transitado cine europeo de qualité. (...) una comedia dramática prolija, emotiva, convencional, estereotipada, que alude, con humor y finalmente con solemnidad, a los abusos del comunismo en la ex Unión Soviética.
En su ópera prima, Minujín logra que disfrutemos y suframos con él, con sus monólogos estridentes e incendiarios, y su realidad más pasiva, entregada, filmada con notable talento.
Frenkel restó una parte de su esencia y puso el cine al servicio de Lavand, agregando una capa de ilusionismo que eleva aún más la magia del ilusionismo.
Un entretenimiento discreto, que se asemeja más a un cómic inquietante que a una superproducción ambiciosa. Su desenlace es predecible, con una moraleja y la clara intención de dar pie a una secuela.