A pesar de contener algunas escenas hábilmente manipuladoras, la trama se enfoca en el cambio moral y emocional del abogado, quien no es un personaje especialmente amable ni verdaderamente cautivador.
Un alucinante espectáculo visual sin nada que contar, un escaparate del 3D más inmersivo y realista que uno puede imaginar, pero sus 192 minutos ofrecen escasa sustancia temática o narrativa.
El empeño en dotar de realismo propio de un documental de naturaleza limita movimientos y expresiones. Los colores ya no son deslumbrantes, sino que se reducen a gamas de marrón; además, las coreografías resultan ser bastante pobres.
Una narración sorprendentemente confusa que ni se toma la molestia de dar la impresión de que su existencia responde a algo más que a la mera intención de generar ganancias.
Coogler aborda de manera convincente temas que habitualmente el género ignora, como el racismo. Sin embargo, desgraciadamente, en su intento por profundizar en esta problemática, complica la narrativa más de lo que sería necesario y la sobrecarga con personajes que aportan poco al desarrollo de la historia.
La película de J. A. Bayona se presenta como la mejor entrega de la saga desde 'Parque Jurásico'. Sería recomendable que las futuras entregas mantuvieran una similitud con esta.
El Grinch no es malvado, sino simplemente un incomprendido. Esto no es lo único que la película presenta de manera tediosamente convencional; también se encuentran subtramas insulsas y una desesperación palpable por intentar transmitir un espíritu festivo.
Es una pena que la búsqueda constante del gag prive a los personajes de capacidad para la empatía. Este Peter Parker es un chaval encantador, pero lo que le sucede no importa demasiado.
Entendida como operación financiera, la nueva película es un triunfo; sin embargo, es uno de los ejercicios narrativos menos brillantes que Pixar ha realizado.
En lugar de ofrecer gags o secuencias de acción memorables, se opta por un 'slapstick' evidente, acompañado de chistes simplones, excesivos gritos y una frenética superficialidad, además de ineludibles dosis de sensiblería.
Producto inconfundible de una fórmula, o de una cadena de montaje. Lego debería ir pensando en combinar las piezas de otra manera, o en usar piezas nuevas, a la hora de construir la siguiente película.
El montaje frenético vuelve la acción casi incomprensible, debilitando la capacidad del relato para generar tensión y afectando el impacto de dos giros finales que intentan aportar emoción.
Tiene un único mérito: logra ser aún peor de lo que aparenta. Al ver la película, es imposible experimentar placer, tristeza o cualquier otra emoción que no sea el absoluto aburrimiento.
Una película que ejemplifica todo lo que sus responsables saben hacer muy bien. Sin embargo, aunque la historia es prácticamente la misma que antes, esta vez no logra funcionar con la misma efectividad.
Con tanto material sonoro acumulado, tal vez era demasiado ambicioso esperar una mínima profundidad en las caracterizaciones, algo de ingenio en los diálogos o un poco de estilización visual.
Stoller no logra establecer un ritmo adecuado, tanto en el ámbito cómico como en el dramático. La película avanza de manera desordenada, impulsada por una acción frenética y una trama confusa. Se confía demasiado en que el simple hecho de que los personajes hablen rápidamente garantice situaciones graciosas.