Lo que dota a esta extraña película de su belleza, brutalidad emocional y poder conmovedor es Cage, cuyo trabajo transmite misterio, ternura y rabia reprimida.
El resultado resulta francamente irritante por lo evidente y superficial que es el humor, una característica que la tosquedad visual y narrativa típica de la pareja contribuye a acentuar.
Se presenta como una obra densa pero ligera, equilibrando lo intelectual con lo cotidiano. Utiliza principios filosóficos para fundamentar su narrativa, mientras que, al mismo tiempo, juega hábilmente con diversas formas de comedia.
Otra de esas películas amables pero olvidables que Allen parece dirigir con los ojos cerrados. No le pasa nada particularmente grave, pero tampoco posee nada a lo que realmente hincarle el diente.
Algunos de los métodos cómicos que utiliza son artificiales, sin embargo, la película es valiosa como muestra de que el cine enfocado en la vida de personas en situación de pobreza puede conmover profundamente sin recurrir a la desesperanza.
No es elitista, ni progresista, ni machista, ni feminista; o tal vez sea un poco de todo. La película tiene un enfoque misántropo, lo que podría considerarse una respuesta razonable al absurdo de la vida actual.
Relato de un ingenio y un efectivo sentido del humor que de ningún modo traicionan la seriedad del asunto. Ese equilibrio preciso entre vis cómica y hondura emocional es la gran baza de la película.
Stewart utiliza un humor sorprendentemente suave, se enfoca en los blancos más sencillos y recurre a una serie de clichés que limitan la capacidad de algunos personajes para mostrar personalidades únicas, mientras que otros se convierten en simples caricaturas.
Cédrick Klapisch explora la soledad en la vida urbana y ofrece una reflexión sobre la alienación provocada por la tecnología, aunque su enfoque llega algo tarde.
Legrand intenta satirizar la incorrección política al criticar el altruismo mal entendido. Sin embargo, resulta lamentable que utilice diálogos superficiales, chistes predecibles y un personaje principal completamente poco desarrollado.
Se pierde en una maraña narrativa. Bertucelli captura a Catherine Deneuve desde todos los ángulos, pero no le ofrece mucho más que fumar cigarrillos y beber té.
Confirma la pericia de Garrone orquestando secuencias que basculan entre el realismo y la grotesca distorsión y que, en sus mejores momentos, evocan el cine de Fellini.
La última película del creciente imperio de Judd Apatow no es tan consistente como las que él mismo ha dirigido, pero, como aquellas, es un ejemplo de la última 'minimoda' en el cine: comedia romántica para chicos.
Mientras deambula entre la comedia y el drama, carece de la gracia necesaria para funcionar como una y de la profundidad para ser considerada como la otra. Además, presenta una torpeza narrativa y una tosquedad formal que se han convertido en el sello personal de Allen.
Se construye sobre una idea brillante, pero durante gran parte del metraje, ‘El Conde’ no logra ofrecer mucho más. A pesar de intentar estirar su premisa sin aprovechar completamente sus posibilidades satíricas, avanza de manera rápida, aunque carece de dirección y propósito.