Chistes destinados a demostrar que las mujeres pueden ser tan vulgares y marranas como los hombres, aderezados de sentimentalismo barato y de una visión deprimentemente carca de la familia.
80 de los minutos más hilarantes vividos en un festival de cine en mucho, mucho tiempo. (...) una película de precisión milimétrica y un timing endiablado.
Nueva confirmación -por si a alguien le hace falta a estas alturas- de que Miller es uno de los autores más excelsos que existen del tipo de ‘blockbuster’ que exige ser experimentado frente a una pantalla gigante y a un volumen lo más alto posible.
Resulta difícil resistirse a ella tanto por la convicción con la que el material argumental es manejado por Besson como sobre todo por la milagrosa capacidad de Caleb Landry Jones para poner en pie un personaje imposible.
Eggers amplia pero no profundiza. A pesar de estar repleta de vísceras, gruñidos, violaciones y pillaje, la película de Robert Eggers transmite la sensación de no ser lo suficientemente bizarra y perturbadora.
Guadagnino consigue que las relaciones entre los personajes se enreden cada vez más, lo que reafirma su talento como un excelente retratista de la urgencia sensual.
Especialmente durante su primera parte, la película resulta muy absorbente y mantiene su fuerza. La habilidad de Carpignano para conectar con el espectador sin caer en el sentimentalismo ni en la cursilería es notable.
Agresivamente decepcionante. Una sucesión de sangrientos actos de venganza saturados de estilización y vacíos de significado. Un deslumbrante envoltorio y nada más.
Sus peleas son exóticas, llenas de color y carecen de lógica, rozando la psicodelia. El enfrentamiento final es una manifestación pura del estilo shakesperiano.
Si Antonioni y Chéjov se unieran para dirigir un episodio de ‘CSI’, el resultado sería este. En sus 158 minutos de duración, la película puede parecer que no sucede nada, pero en realidad, hay una gran cantidad de eventos que se desarrollan. Es una obra monumental del cine.
Sus escenas de acción son escasas y monótonas, los efectos visuales son de mala calidad, y la intriga criminal se presenta de una manera que recuerda a lo que podría haber dirigido Clint Eastwood, pero con un enfoque torpe.
Rosales explora diversas manifestaciones de la masculinidad tóxica, pero su enfoque se siente algo conservador y limitado en términos de concepto, lo que resulta en un trabajo menos audaz y definido en comparación con sus obras anteriores.
Almodóvar vuelve a explorar el melodrama femenino, un estilo que ha marcado su carrera y que se entrelaza con las cicatrices de la Guerra Civil. Se presenta un retrato con una empatía extraordinaria.