Resulta casi un alivio sentarse frente a una película tan formalmente inventiva, tan irreverente y tan graciosa, que a la vez tiene más capacidad conmovedora que la mayoría de ficciones de superhéroes de acción real.
Es una de esas reconstrucciones históricas previsibles y rutinarias en las que el empeño por dejar clara la ideología anula toda posibilidad, tanto de complejidad narrativa como de tensión dramática.
Un ejemplo del peor tipo de cine con ínfulas. No solo abusa del miserabilismo sino que estiliza sus momentos más trágicos para hacerlos bonitos, y en el proceso trata de compungirnos de las peores maneras.
Muestra una gran habilidad para construir tensión, lo que parecía un simple elogio a la nostalgia se transforma en una eficaz exploración de las áreas sombrías que comúnmente evitamos al recordar.
Apunta mensajes sobre la diversidad y la importancia de apreciar la belleza interior, pero prefiere acumular montajes sentimentales a ritmo de canciones pop.
Una de las películas más hermosas que retratan el paso de la niñez a la madurez. Haigh reafirma su habilidad excepcional para contar historias casi únicamente a través de silencios y miradas.
El director utiliza una serie de canciones para conducir la historia de 'Sing Street' hacia un destino predecible. Como resultado, el ritmo se vuelve algo repetitivo, aunque sigue siendo muy pegajoso.
Un drama juvenil particularmente sensible y perceptivo retratando las incertidumbres, los dolores, las euforias y el deseo ardiente asociados a la pubertad.
En lugar de centrar su trama en el canibalismo, 'Crudo' podría haber abordado temáticas como la anorexia o la drogadicción. Sin embargo, de haberse enfocado en esos temas, no habría sido tan impactante.
Resulta intrépida. Senez no necesita recurrir a juicios de valor ni caer en sentimentalismos para capturar las complejas emociones que afectan a sus protagonistas.
Manejando con equilibrio el humor, la melancolía y la excentricidad, Rosemary Myers retrata los temores y dilemas que acompañan a la transición de la adolescencia.
Los personajes son monótonos y sus diálogos resultan torpes. Aunque logra establecer una atmósfera inquietante, esta se ve socavada por su falta de respeto hacia la lógica.
La película funciona ante todo como una sobria aunque poderosa reflexión sobre el sentido de poder y la necesidad de transgresión que el despertar sexual puede llevar a conllevar.
Anderson no deja de expandirse. Aquí perfecciona aún más su talento para la puesta en escena, creando una sinfonía íntima y a la vez majestuosa. Es un ejercicio de libertad creativa total.