Durante la primera hora, la película avanza de manera mecánica, presentando los elementos esperados sin mucha solidez. Sin embargo, logra mantener el interés gracias a su exceso.
Su yuxtaposición de lo absurdo y lo absurdamente predecible produce una película que frecuentemente resulta entretenida, aunque no por las razones adecuadas.
Haciendo maravillas con poco presupuesto, Seimetz usa la cámara al hombro y composiciones concisas para crear una atmósfera de intensidad claustrofóbica sazonada con momentos de belleza cruda.
Es terriblemente infantil para una película que trata sobre la renuncia a las emociones fáciles de la juventud por las responsabilidades de la edad adulta.
Baumbach nos ofrece escenas que evocan los momentos más dolorosos de su juventud. Presenta una visión implacable, cruda y sincera de una familia en proceso de separación.
Aunque fracasa como comedia, funciona como una pequeña pieza de humor negro, gracias, en gran parte, a la casi aterradora convicción y calma sociopática que Wood imprime a su personaje.