'Transformers', con su estruendo y su intensidad, sus dinámicas y su fervor, presenta instantes de Cine Total más hermosos que muchas Victorias de Samotracia.
Una abrumadora montaña rusa en la que cada escena y cada línea de diálogo están diseñadas para ofrecer intensas dosis de placer para los aficionados. Es un impresionante blockbuster, y sin duda, la mejor película de Marvel hasta ahora.
Esta película supera lo que se había visto en una franquicia que, hasta ahora, mostraba más rutina que creatividad. Lo más destacable es su afán por el exceso digital y su inclinación hacia la autorreferencialidad. Sin embargo, el regreso de Michelle Rodriguez no resulta del todo acertado.
Como compendio tridimensional de las virtudes del concepto Saw, la película hace bastante bien su trabajo. Sus fans abandonarán satisfechos este catártico baño de sangre final.
El formalismo del cineasta alcanza cotas de majestuosidad sencillamente apabullantes en un trabajo que apela a la memoria cinéfila para reivindicar la inocencia en tiempo de guerra.
Aibar maneja material inflamable y no siempre cae de pie. Mejor rendirnos ante la arrolladora singularidad de una propuesta ensimismada y desconcertante, pero finalmente satisfactoria.
Puede que Saul Dibb comprendiera las potencialidades subversivas de este romance con el enemigo, sin embargo, contaba con demasiadas miradas críticas (la BBC, los Weinstein, los lectores) que le impedían desviarse del academicismo.
La directora se concentra en el personaje, que aunque es atroz, resulta humano. La película profundiza en su ambición, resentimiento de género y clase, así como en sus contradicciones. Tal vez logra su objetivo de forma tan efectiva que resulta abrumadora.
Un modelo de ficción televisiva adulto, tenebrista y devastador en sus paralelismos con una sociedad, la nuestra, que no parece haber aprendido nada de los errores de su pasado.
La película se encuentra atrapada en una narración confusa y claustrofóbica, tan absorta en su fragmentación temporal que el espectador termina dejándose llevar únicamente por el placer sensorial de las coreografías.
Nolan parece un prosista esforzándose por encontrar el alma a través de las matemáticas, intentando establecer fórmulas exactas para describir la mecánica (cuántica) del corazón. Es una colosal parábola sobre nuestra relación con el infinito.
Se opta por descartar el humor negro, eligiendo en su lugar un melodrama más accesible. Lo más destacable es la inusual química entre Álex García y Eduardo Blanco. Sin embargo, el desenlace resulta confuso y poco satisfactorio.
La secuela repite los mismos patrones y fórmulas, con un reparto en perfecta armonía, diálogos extraordinarios y una ejecución de gags bastante notable.
Ari Gold (Jeremy Piven) logra insuflar pequeñas bocanadas de vida a esta fiesta con refrescos sin gas en la Mansión Playboy, minutos antes de su demolición.