La vibrante sensación de urgencia que Howard y su operador imprimen a los diálogos no se refleja de la misma manera en las secuencias de conducción. A pesar de su potencial y el talento actoral, la película no logra consolidarse como el drama del año.
Es una serie dirigida a un público adulto, en el sentido más amplio de la expresión. El cielo es el límite en esta producción, siempre que se incluyan tres elementos: amor, muerte y robots. La selección de temas es muy adecuada.
Es posible que sea el blockbuster épico más extravagante del año. Sin embargo, también se presenta como uno de los más profundamente reaccionarios, al tiempo que se nota su enfoque mainstream y supuestamente espiritual.
El formalismo del cineasta alcanza cotas de majestuosidad sencillamente apabullantes en un trabajo que apela a la memoria cinéfila para reivindicar la inocencia en tiempo de guerra.
Aibar maneja material inflamable y no siempre cae de pie. Mejor rendirnos ante la arrolladora singularidad de una propuesta ensimismada y desconcertante, pero finalmente satisfactoria.
Para quien valora un buen cuento de fantasmas. Lo mejor: sus profundas raíces en el gótico clásico. Lo peor: demasiada rutina en algunas soluciones visuales.
Puede que Saul Dibb comprendiera las potencialidades subversivas de este romance con el enemigo, sin embargo, contaba con demasiadas miradas críticas (la BBC, los Weinstein, los lectores) que le impedían desviarse del academicismo.
No hay espacio para la ironía en el universo de Daniels, aunque las diferentes estrellas que pueblan el Despacho Oval sí ofrecen un contrapunto cómico a una trama demasiado abigarrada.
Un blockbuster más interesado en la réplica ingeniosa que en las escenas explosivas. Es ligera como una burbuja de jabón y tan fascinante como un caleidoscopio.
Mucho más interesante cuando se concentra en los fríos mecanismos del suspense que cuando intenta dar una resolución convencional a los Grandes Temas que la sustentan: es ahí cuando el neothriller político se revela simple (pero convincente) ejercicio de estilo.
La directora se concentra en el personaje, que aunque es atroz, resulta humano. La película profundiza en su ambición, resentimiento de género y clase, así como en sus contradicciones. Tal vez logra su objetivo de forma tan efectiva que resulta abrumadora.
Un modelo de ficción televisiva adulto, tenebrista y devastador en sus paralelismos con una sociedad, la nuestra, que no parece haber aprendido nada de los errores de su pasado.
Adaptación del best seller de Joyce Maynard, a medio camino entre el Eastwood de Un mundo perfecto y el Stephen King más melancólico. La película prescinde de toda red de seguridad emocional y no teme caer en una dosis intensa de dramatismo.
La película se encuentra atrapada en una narración confusa y claustrofóbica, tan absorta en su fragmentación temporal que el espectador termina dejándose llevar únicamente por el placer sensorial de las coreografías.
Nolan parece un prosista esforzándose por encontrar el alma a través de las matemáticas, intentando establecer fórmulas exactas para describir la mecánica (cuántica) del corazón. Es una colosal parábola sobre nuestra relación con el infinito.