Mucho más interesante cuando se concentra en los fríos mecanismos del suspense que cuando intenta dar una resolución convencional a los Grandes Temas que la sustentan: es ahí cuando el neothriller político se revela simple (pero convincente) ejercicio de estilo.
La directora se concentra en el personaje, que aunque es atroz, resulta humano. La película profundiza en su ambición, resentimiento de género y clase, así como en sus contradicciones. Tal vez logra su objetivo de forma tan efectiva que resulta abrumadora.
Un modelo de ficción televisiva adulto, tenebrista y devastador en sus paralelismos con una sociedad, la nuestra, que no parece haber aprendido nada de los errores de su pasado.
Adaptación del best seller de Joyce Maynard, a medio camino entre el Eastwood de Un mundo perfecto y el Stephen King más melancólico. La película prescinde de toda red de seguridad emocional y no teme caer en una dosis intensa de dramatismo.
La película se encuentra atrapada en una narración confusa y claustrofóbica, tan absorta en su fragmentación temporal que el espectador termina dejándose llevar únicamente por el placer sensorial de las coreografías.
Nolan parece un prosista esforzándose por encontrar el alma a través de las matemáticas, intentando establecer fórmulas exactas para describir la mecánica (cuántica) del corazón. Es una colosal parábola sobre nuestra relación con el infinito.
Se opta por descartar el humor negro, eligiendo en su lugar un melodrama más accesible. Lo más destacable es la inusual química entre Álex García y Eduardo Blanco. Sin embargo, el desenlace resulta confuso y poco satisfactorio.
La secuela repite los mismos patrones y fórmulas, con un reparto en perfecta armonía, diálogos extraordinarios y una ejecución de gags bastante notable.
Ari Gold (Jeremy Piven) logra insuflar pequeñas bocanadas de vida a esta fiesta con refrescos sin gas en la Mansión Playboy, minutos antes de su demolición.
Contiene todos esos tics edulcorados que dan mala fama al cine familiar, ya que se percibe que los responsables intentan manipular a la audiencia de la misma manera que Jackman controla a su hombre de acero.
Quedémonos con la entrega de sus intérpretes y la energía enloquecida de algunos pasajes memorables, pues su glorificación del exceso y su ausencia de filtro la convierten en un todo irregular que siempre es menor que la suma de sus partes.
'Looper' combina una estética visual geométrica con un subtexto lleno de emoción y profundidad. Se siente tan próximo a la intensidad desbordante de '12 Monos' como a la firmeza cerebral de 'Origen'. Su impactante tramo final es simplemente avasallador.
Ahora que Ritchie no cuenta con su mejor baza, el factor sorpresa, su propuesta resulta más esquemática de lo que parecía en un inicio. No hay elementos especialmente arrebatadores.
Es posible que quienes no estén familiarizados con el universo de la serie se sientan un poco desorientados. Sin embargo, los aficionados están de celebración: Phineas y Ferb se ha adaptado a este formato de larga duración con la misma eficacia que Las Supernenas o Bob Esponja antes que ellos.