Un relato expuesto con la claridad y lucidez de un cineasta que hace del cine político su sello distintivo, con la virtud adicional de que es un cine que no solo plantea y desarrolla unos temas de peso, sino que lo hace con la destreza narrativa de un buen contador de historias.
Todo esto está estructurado de forma precisa y eficaz, pero no por ello se debe pasar por alto lo manipuladora y efectista que está concebida la puesta en escena y su narración.
Un relato que le exige al espectador tanto en su cinefilia como en su espiritualidad. Es una película de un cineasta inteligente y profundo, que disfruta plantear preguntas sobre temas esenciales y ofrecer posibles respuestas a través de su obra.
Se trata de una entretenida historia llena de momentos divertidos, pero también muy emotivos y, sobretodo, capaz de hablar con honestidad sobre la complejidad de los sentimientos y las relaciones humanas.
Biografía cinematográfica que, además de dar cuenta de la vida Kenney, le interesa reconstruir ese espíritu de irreverencia y transgresión que solo fue posible justo en esta coyuntura histórica y cultural.
Un bello ejercicio de hacer que el cine se parezca al viejo cine, el de celuloide. Una película que transporta a otro tiempo y a la piel misma de un hombre que inspiró toda una saga cinematográfica, y ahora inspira una nueva película que le dibuja sus facciones de cerca.
Eastwood (y el mismo Bradley Cooper con su interpretación) es capaz de darle la vulnerabilidad y humanidad que contrasta con ese guerrero protector que se puede ver en Irak. Es entonces cuando se evidencia que no es otra película bélica ni una apología a la guerra o a la violencia.
Un par de hermanos ladrones de bancos en un thriller cargado de resentimiento social y furia, mientras su contraparte, un viejo policía, los busca con calma y lucidez.
La marca fundamental de este relato, en lo que hace la mencionada diferencia, es que, a pesar de los eventuales sucesos de intensidad o giros dramáticos, casi siempre se mantiene sin sobresaltos ni efectismos dramatúrgicos.
De nuevo, entonces, Jim Jarmusch nos toca con una historia y un personaje sencillos y corrientes, pero llenos de poesía. Además, con el mérito de hacer el relato de una rutina sin que parezca tediosa.
No es una película que destaque por su atractivo visual ni narrativo. Solo en ocasiones intenta ofrecer soluciones creativas en una trama centrada en las conversaciones entre personajes, lo cual resulta insuficiente.
La conexión con la naturaleza permea el relato de manera emocional, estética y minimalista, similar a un haikú. Este espíritu se refleja a lo largo de la concepción visual y narrativa de la película.
Se trata de un relato que transcurre sin muchos sobresaltos en lo que parece la cotidianidad de este hombre y sus allegados solucionando un problema importante. No obstante, y esta es tal vez la principal virtud de la película, con una sutileza casi imperceptible.
Una película con una premisa poderosa y llena de posibilidades ideológicas y dramáticas, pero termina por agotarse en la reiteración sin matices ni profundidad y en la presentación de debates fáciles y provocadores.
El conocido drama de enredos sentimentales y conyugales del cine francés, pero esta vez potenciado por un tema siempre presente en los diálogos y en una trama cargada de ingenio, humor e intelectualidad.