Casi todos los desarrollos del argumento son predecibles, pero esto es compensado por las grandes actuaciones. A pesar de la manipulación emocional que puede resultar evidente, uno se deja llevar por ella de manera placentera.
No es fácil incluir en una película a tantas estrellas del cine y que lo único que destaque sea la bola que cae en fin de año en Times Square. Sin embargo, el director logra un entrelazado de historias tan originales y apetitosas como una caja de polvorones.
Propone ideas intrigantes sobre la implicación emocional, la compasión y la responsabilidad, además de mantener al espectador cautivado y creyente en el conjunto de dramas presentados.
Lo más destacable de esta historia es el notable esfuerzo de sus protagonistas. Sin embargo, el resultado final no consigue ser tan fascinante ni profundamente conmovedor como se esperaría.
Una mirada tragicómica sobre el poder y la riqueza desmesurada en una familia coreana. La corrupción y los instintos más bajos, en un ambiente de telenovela, transforman la pantalla en una vibrante cesta de frutas exóticas que poco a poco van decayendo.
Todo se narra con un claro tono de charla familiar. Sin embargo, para quienes disfrutan de los rencores familiares y las oscuridades ocultas, esta es la película ideal para disfrutar.
Los capítulos son muy buenos, pero uno de ellos es excepcional y tiene de protagonista a Jesús Carroza, un actor con más registros que un funcionario de aduanas.
Una encantadora historia y una manufactura sorprendente, de una estética rica en geometría y cromatismo que maravilla al ojo infantil y subyuga al ojo adulto.
Una trilogía única en su género que sigue siendo una fuente inagotable de inspiración. Aunque fue un desafío para su creador, siempre será un manantial de emociones y reflexiones para quienes la disfrutan.
El inicio es impresionante, lleno de intriga y con una sugerencia intensa. Los momentos de acoso, amor y presencia son impactantes y se pueden comparar con las mejores escenas del cine de terror.
Una película ideal para cerrar una merienda infantil. Aunque está repleta de tecnología avanzada, transmite una sensación de artesanía y de fábula clásica que brinda al espectador un respiro y un sentido de admiración.
Sorprendentemente entretenida incluso para los muy cortos de manga. El argumento y los personajes, aunque bañados en delirio, resultan entretenidos y no es preciso estar al tanto de los pormenores de la franquicia para divertirse un rato con ellos.
La forma de vestir y de comunicarse, así como su uso de la libertad, aportan un aire novedoso a la trama, que está repleta de conflictos tanto sociales como personales. Los actores entregan su mejor actuación frente a la cámara.
La película y su director muestran un claro afecto por los personajes, pero sus elecciones son opuestas, oscilando entre la regeneración y la destrucción, mientras equilibran el realismo con el idealismo.
Cómo tocar otro son en Cuba y cómo bailarlo sin que se moleste Fidel. Tiene mérito ponerle música a esa ciudad que no sea la tópica del trópico, sin mojarse ni bucear, eludiendo la parte fría.
Una trilogía incomparable a ninguna otra es una obra inagotable, que lamentablemente agotó a su autor y que afortunadamente nunca, nunca, agotará la mirada y la emoción de cualquier espectador.