Conviene atender una breve charla respecto de ese padre. Ahí se enriquece la historia, dejando a mano nuevas miradas sobre la mente humana. Esta película tiene más de lo que parece.
La película tarda en despegar y su humor es escaso y apagado, lo que la convierte en un recorrido bastante largo. Katie Dippold, la guionista, y Justin Simien, el director, desaprovechan varias oportunidades para crear algo memorable. Sin embargo, el desenlace resulta entretenido y deja a los espectadores satisfechos.
El resultado es apabullante y agotador, aunque también puede ser inspirador. Sin embargo, presenta un aspecto contraproducente: logra convencer únicamente a quienes ya están de acuerdo.
La historia resulta algo agotadora, ya que carece de sustancia. Lo que se presenta es una serie de extensas escenas, en ocasiones inverosímiles, que están marcadas por el mal humor y el abuso tanto físico como verbal.
Con una música muy adecuada, la directora Kristina Buozyte logra atraparnos y tenernos sumidos hora y media en la extrañeza. Lástima que la película dura dos horas largas, o así lo parece.
El conjunto es entretenido, variado, de técnica cuidada y argumento medio descuidado, con intérpretes de nivel desparejo y, eso sí, con gran entusiasmo por la narración lúdica.
Una sucesión de relatos solemnes y generalmente aburridos, con largos planos fijos, muy bien fotografiados, eso sí, en una excelente gama de blanco y negro.
Ejercicios experimentales que no van más allá de lo curioso, aunque podrían servirle al autor como impulso para desarrollar un próximo proyecto con mayor profundidad artística y dramática.
Es una experiencia fascinante para unos, agotadora para otros. Todo con impresionante fotografía, música penetrante, imágenes chocantes, algo de porno y momentos geniales.
Una fantasía romántica, un poco confusa y algo extensa de lo necesario, con un guion imperfecto. Es menos graciosa y emotiva de lo que se esperaba, pero resulta agradable.