Primero sorprende y de a poco emociona, de una manera muy suave, muy limpia. Es que tiene una actriz capaz de transmitir sentimientos desde lo hondo sin necesidad de grandes diálogos, inclusive sin ningún diálogo.
Comedia singular, llena de sentencias y moralejas, pintura de la comunidad judía neoyorkina con una intriga política, una punta dramática y una pizca de tristeza.
Quienes crecieron, pasearon y se enamoraron con estos personajes van a disfrutarla. Los que se acerquen por primera vez, bueno, probablemente se aburran un poco con tanta charla, y con una estructura en tres partes que recuerdan los tres actos de una obra teatral.
Esto es bien original y bastante divertido, el trabajo sigue siendo admirable, de un lindo sentido del humor y un detallismo enorme, y los muñequitos son siempre graciosos.
Maximiliano Schonfeld, autor, y la escritora y coguionista Selva Almada inician la historia de manera pausada, pero logran construir un ambiente extraño que capta la atención, generando momentos de inquietud efectiva.
Inteligentes, los autores no han hecho una película para intelectuales. Enfrentan de modo llano, comprensible, a Heráclito con Parménides, a Hobbes con Spinoza, hacen sonreír con situaciones cotidianas.
Ozon sabe cómo exhibir su inteligencia ante los snobs y los intelectuales, logrando satisfacer al gran público, que también es inteligente y disfruta de relatos refinados, entretenidos y con un trasfondo significativo, como el que presenta en esta obra.
Expone con discreción, naturalidad y excelente elenco cómo un maestro suplente, que viene de perder a su familia, ayuda a los chicos a procesar el suicidio, en clase, de la profesora titular.