Es cálida e ingeniosa, con unas interpretaciones fenomenales; el guión de Stephen Beresford es rápido y divertido y tiene una entusiasta banda sonora de Chris Nightingale.
La película presenta altibajos; hay momentos de aburrimiento junto a destellos de gran inspiración. Su estilo es vertiginoso, caótico y cautivador, aunque en ocasiones cae en la autoindulgencia y carece de coherencia.
Una película de sustos al estilo ochentero que promete mucho al inicio. Sin embargo, pronto se torna en una trama poco consistente y pierde su capacidad de asustar.
Las grandes escenas, emocionalmente llamativas, de la película están escenificadas con solidez y poderosamente interpretadas, aunque no son tan expresivas como los pequeños detalles.
Esta obra presenta una claridad contundente y despojada de ilusiones, complementada por un fascinante sentido del drama. Es indudablemente el trabajo de una directora talentosa.