Espléndida, difusa y con frecuencia conmovedora. A la película le cuesta encontrar su lado emocional, pero 'Seven Years in Tibet', aunque presenta defectos, logra transmitir sentimiento y propósito.
Boorman captura el aspecto y la sensación de un país bajo asedio y dirige escenas de mucha tensión. Aun así, el suspense es un mal sustituto de adentrarse en el alma de un país.
Berg realiza un trabajo excepcional al sumergirnos en la acción. El director hace temblar el suelo bajo nuestros pies, dejando a los espectadores, en ocasiones, tan perdidos y desorientados como sus personajes.
No serás capaz de dejar este barril de pólvora en un rincón de tu mente y olvidarte de él. Lo que tenemos aquí es una película ardiente y brillante, que seguro que se convertirá en un clásico.
Lo mejor de todo es Wilson, quien asume el papel más destacado que le han ofrecido en años y aporta una dimensión humana a esta fascinante historia moral.
Un poco de frescura habría sido beneficioso. Sin embargo, Abraham, en su debut como director, opta por un enfoque tímido que evoca televisión. Afortunadamente, Kinnear ignora las advertencias. El conflicto de Kearn se refleja en cada palabra y gesto del actor. Su interpretación merece ser elogiada.
Con un crudo y fascinante tratamiento de docudrama, la rigurosa ausencia de manipulación y sensacionalismo solo incrementa el impacto emocional del filme.
La abogada defensora, que es agnóstica, se enfrenta al fiscal, un hombre de fe. Hay una ironía palpable en esta situación, que también refleja cómo grandes actores pueden verse atrapados en una narración poco robusta.