La composición de Daniel Aráoz como Sajen es predominantemente física. La película evita enérgicamente presentar al violador como una anomalía fascinante. No hay nada intrigante en su personaje, y en este aspecto, Aráoz logra capturar el tono adecuado.
Se sostiene en los andamiajes del género, pero también en sus intérpretes y en algunas decisiones formales elegantes respecto del empleo del espacio elegido.
Tiene la voluntad didáctica de un telefilme, una circunspección formal al servicio de una claridad argumentativa desplegada en un relato extenso pero rítmico, cuyo mayor esplendor son los intérpretes.
La libertad de Verhoeven es absolutamente suya. Es impresionante que un cineasta tenga la habilidad de abordar con ligereza temas como la muerte, el abuso sexual y el adulterio, sin recurrir a la moralidad ni a la corrección política. Además, la manera en que trata a todos sus personajes es, sin excepción, democráticamente amorosa.
Un notable retrato de la laboriosa constitución del carácter. Barry Jenkings consigue que los tres actores que interpretan al personaje excluyente transmitan un núcleo estable de identidad con el paso de los años.
Economiza en explicaciones psicológicas y prescinde de un contexto preciso. Basta que el espacio dramático esté habitado por Cleo, sus primas, alguna amiga, la tía y su madre para que la película avance en su relato.
Un deleite vital. Lo más hermoso del filme de Desplechin radica en la recopilación dinámica de momentos en los que se intuye que una decisión y una acción pueden determinar un destino posible.
El delirio de sus personajes no se replica en la forma en que él los mira. En efecto, Minervini es capaz de hacer algo dificilísimo: filmar la sordidez sin sucumbir a la misma.
Una película honesta siempre amenazada por derivas narrativas que desbordan el retrato de una amistad y lindan con una introducción tímida y difusa al espiritualismo oriental.
La película de Virzi presenta una propuesta particular. Aunque su estilo cinematográfico parece anticuado y su enfoque en la puesta en escena carece de clasicismo o de las características de la comedia italiana tradicional, los personajes resultan enérgicos y entrañables.
David Lowery logra un filme tan noble como la versión original de Disney de 1977, pero el universo simbólico del filme es el Steve Spielberg de 'ET', el que revive un cierto clasicismo para niños.
El epílogo es una prueba del genio de Coogler y una síntesis prodigiosa del valor supremo que Rocky ha defendido siempre. Genialidad, el golpe final es entonces un latigazo de sabiduría.
La agilidad de la cámara de Peter y Kremser es prodigiosa. La proeza del registro es evidente, tanto que los perros ignoran completamente a quienes podrían estar siguiéndolos.
Un pase mágico rescata el filme de su simpática trivialidad, y así se ilumina inesperadamente una experiencia humana que pocas veces se interpreta frente a una cámara.
Filmada con la estética de un telefilm didáctico, carece de elementos fundamentales: no plantea preguntas relevantes, le falta un enfoque científico para explorar la fascinante conexión entre la imaginación y los conceptos, y no logra capturar la sensibilidad necesaria para rendir homenaje a la vida de un hombre.
Chaplin supo asimilar, primero con escepticismo e ironía, después con sagacidad y lucidez, la aparición del sonido en su arte en este oscurísimo y a la vez divertidísimo filme.
Los últimos 40 minutos se centran en una tortura meticulosa llena de vejaciones, cuyo mayor impacto se encuentra en la observación de la descomposición del núcleo de identidad de una persona.
Adjudicarle a '¡Salve, César!' ser un mero ejercicio de nostalgia es un atajo y un reflejo de pereza en el análisis. La ligereza ubicua en su tono general no prescinde de una concisa lectura sobre los fines del cine que está siempre presente.
Es excesivo para la actualidad. Los excesos de Tarantino son casi inasimilables. Sin embargo, ¿quién puede retratar una ciudad como él, capturar una época, filmar una cabalgata, una escena del oeste o un paseo en automóvil?
No parece que un retrato como este inste a la indignación de la ciudadanía, pero no deja de ser sorprendente que cada tanto se estrene un filme en el que se explicite la obscenidad del poder. Algún día, acaso, servirá para decir basta.