El inicio resulta confuso. Por suerte, Jolie, con su inconfundible presencia, eleva la película hasta que el mejor Sheridan regresa. Sin embargo, es un Sheridan que no alcanza su máximo potencial, algo que muchos desearían.
Se siente como una cuidada ópera prima que rebosa sobriedad y oficio, utilizando cada movimiento de cámara al servicio de la historia. Todos los actores están en gran forma y realizan una interpretación excepcional.
Esa frescura preliminar a la hora de mostrar los entresijos de una pareja que se rompe, ya nos ha convencido para quedarnos hasta el final. Como en una buena cita, tiramos encantados los dados de nuevo.
Si bien la película gestiona tremendamente bien su tono y sus tiempos, aterra y es eficaz, al terminar deja un recuerdo que es, al contrario que la maldición original, completamente efímero.
Si esta película hubiese llegado hace 15 años, habría causado gran impacto, ya que su producción es impecable. Sin embargo, en la actualidad, presenta una sensación de desprestigio. Es la misma película de terror comercial de siempre.
A pesar de su deseo de mostrar texturas, provocar emociones y generar debate a través de lo visual, en ocasiones resulta agotador su excesivo uso de palabras. Hay un fuerte interés en la poética de los diálogos.
En la lucha por definir una identidad clara, el equipo elige un enfoque simplista, imitándole a Stranger Things y uniéndose a la triste tendencia nacional de complacer a un algoritmo. El miedo no se siente presente.
Quizás a mitad de la película los niños ya estén completamente entregados, cumpliendo así su función. Para los adultos, comienza un viaje que alterna entre momentos de buena dirección y auténticos despropósitos.
Funciona espectacularmente bien. Hay voluntad de actualizar el relato para las generaciones futuras, pero, al mismo tiempo, los nostálgicos reconocerán intactos los atributos de la mayoría de personajes.
El carisma de De Niro aporta un toque especial a esta comedia, que hubiera sido beneficiada con un mayor enfoque en un presupuesto para guionistas en lugar de en sus protagonistas.
Comedia familiar sin sorpresas. El ritmo está diseñado para que los más pequeños se diviertan. Además, contribuir a una buena causa hará que los padres se sientan menos arrepentidos.
Extremadamente ambiciosa y al mismo tiempo, totalmente predecible y conformista. Sin embargo, tras asimilar sus obviedades, Smallfoot construye sobre esta base con un esfuerzo genuino.
Es el reverso tenebroso que, sin negar la artesanía o el sentimiento detrás de un menú minimalista, merece ser visto por quienes se sienten atraídos por un fenómeno de dudosa integridad.
La película adolece de ritmo, resulta poco original y los gags no logran conectar. Además, las ideas novedosas se ven aplastadas por una producción de baja calidad. Sin duda, se posiciona como una de las peores comedias del año.
Un inocente culto al inicio de los dosmiles, tan lejano ya ideológicamente de lo que nos depara 2020, engrandecido por un grito de guerra de Tallahasee: thank god for rednecks!
El espíritu navideño se traduce en simples adornos. El grado adecuado de ambiente festivo por parte del espectador se puede traducir en una experiencia divertida.
La comedia musical alcanza un nivel excepcional. Las canciones poseen una profunda conexión emocional. El elenco es sobresaliente. Sin embargo, la película tropieza un poco con la inclusión de Megan Thee Stallion.
Una película que intenta mostrarse libre y desenfadada, aunque en ciertos momentos se resquebraja y muestra su falta de autenticidad. A pesar de algunas inconsistencias, logra ser divertida y ligera.