Agradable brizna de comedia romántica. Aunque sea pequeña, al menos no resulta condescendiente ni artificial como otras producciones destinadas a su audiencia. Su humor es burbujeante y su música, dulcemente animosa.
Es esencialmente una reminiscencia personal de la vida cotidiana que capta con una precisión asombrosa lo que sentía exactamente un niño de 12 años que crecía en una época y un lugar determinados.
Es, esencialmente, una comedia de fórmula, pero tiene suficientes destellos de ingenio y originalidad para que desees que fuera más atrevida y divertida de lo que resulta ser.
Si no estuviera tan superpoblada y desesperada por escandalizar, podría haber triunfado como sátira maliciosamente alegre de los mocosos de Hollywood con sobredosis del concepto mismo de Hollywood.
Con más agudeza que ninguna otra película anterior, da expresión cinematográfica a los valores temperamentales y desafiantemente nihilistas que enciende el 'gangsta rap'.
Tiene reflexiones potentes, aunque toscas, sobre los confusos efectos de la violencia televisiva. Lo que le da una escalofriante autenticidad es la espeluznante interpretación de Arno Frisch como protagonista.
La película aborda múltiples temas a lo largo de su extensa historia, lo que hace que sus 140 minutos se queden cortos. Sin embargo, logra mantenerte cautivado y te hace sentir el peso de la narrativa, reflejando el movimiento de comunidades en un mundo multicultural y dinámico.
Una fábula amable, hermosamente interpretada. Las actuaciones tienen una intensidad sutil y el guion presenta una consistencia temática que evita caer en manipulaciones de mal gusto.
Lo que muestra esta película amable y conmovedora es a un grupo de seres humanos trabajadores que viven sus vidas y experimentan las mismas presiones familiares y de grupo que se aplican a la gente en todas partes.