Combina impacto visceral, personajes atormentados e incluso cierta relevancia política relacionada con Corea. Un gran logro, digno del premio en Cannes.
Los elementos típicos del cine negro nórdico, como su seriedad, imágenes gélidas y temáticas sombrías, aportan un cierto carácter a esta historia de crimen procesal, aunque no consiguen insuflarle vitalidad.
Un giro poco sutil y ciertas incoherencias en la historia afectan notablemente la credibilidad de una narrativa que tenía un gran potencial. Un toque adicional de astucia habría beneficiado bastante.
Bean mantiene su habitual monotonía, y las actuaciones son tan solo adecuadas al nivel de la acción. A pesar de contar con elementos admirables, el producto final se siente pesado y poco emocionante.
Resulta más absorbente e inquietante en retrospectiva que durante su visionado. En una época donde prevalece la gratificación instantánea, eso es digno de respeto, a pesar de los defectos evidentes que presenta.