La precisión sencilla de sus personajes dibujados a mano y del mundo de acuarelas que habitan aporta coherencia visual y establece una atmósfera de fascinación y temor.
El problema es que no parece querer examinar los límites de su visión de la historia ni adentrarse en la historia más allá de las superficialidades de la retórica y la imagen
La seria, irregular e intermitentemente potente película de Aronofsky es un ejemplo de estudio psicológico y a la vez una parábola de la arrogancia y la humildad.
No hay nada nuevo aquí, pero Waters, como ya mostró en las más inteligentes y atrevidas 'Chicas malas' y 'Ponte en mi lugar', sabe cómo mantener el interés.
Puede que no sea perfecta, pero hace honor a su fuente y captura los elementos clave -el humor y la sensibilidad, así como su exhuberancia narrativa- que hicieron del libro de White un clásico.
Una vez que hayas visto a una oveja masticando una pierna humana ensangrentada, puede que te lo pienses dos veces antes de abordar tu próxima pierna de cordero.
Su problema es su exceso de reverencia. Convierte una celebración estimulante de personajes revoltosos e inconformistas en un ejercicio moralista y sentimentalista.
Se mueve entre la memoria y el sueño, dando vida a rostros fantasmagóricos. Y hace un tributo agridulce a la fe que el cine puede defender — que estas imágenes, esta gente, una vez capturados en la película, nunca desaparecerán.
Una delgada línea separa lo mágico de lo absurdo, y al insistir tan enérgicamente en su propia magia, 'Cuento de invierno' se lanza irremediablemente hacia un verdadero ridículo.