Aún con los defectos, el balance es positivo. La película es muy divertida, expande el universo de la marca, deja tranquilos a los fans (que no a los fanboys) y nos salva, aunque sea un poquito, del peor verano cinélo que hayamos vivido en años.
Pocas veces un director en su ópera prima es capaz de mostrar tal habilidad para el manejo de las atmósferas, la dirección de actores y el uso de los recursos cinematográcos como lo hace Ari Aster en Hereditary.
Todo estaría bien a no ser por la desastrosa puesta en imágenes del director Azazel Jacobs quien no tiene la menor idea del uso de los espacios, del encuadre, de la música (que es absolutamente terrible) ni de cómo dirigir a sus actores.
No es cosa menor que una película como esta resulte nominada al Oscar. Estamos frente al anti Hollywood, un cine donde no hay héroes ni villanos, donde no hay redención ni optimismo.
La película más hermosa de 2017 es una cinta independiente con mínimos recursos pero con enormes ideas. Jarmusch entiende el cine como una mezcla de poesía, imágenes y actuaciones. Adam Driver es un monstruo, el mejor actor de su generación.
El principal enemigo de esta serie es la edición: el debate se anula, las ideas se diluyen y, justo cuando parece que las cosas se intensificarán, la serie interrumpe y pasa a lo siguiente. Luna evita mostrar cualquier tipo de conflicto.
La niña actriz Alisha Weir parece ser la más divertida con esta película y afortunadamente nos contagia ese entusiasmo. Esta película pinta para ser de lo más gozoso que veremos del género este año.
Chris McKay dirige esta cinta con el desparpajo de sus trabajos de animación anteriores, pero sin un guión sólido que justifique el humor, la ligereza o, incluso, la violencia.