Camina por la misma línea que divide el horror de la autoparodia, pero a diferencia de hace 30 años, los cineastas a cargo intentan por todas las vías no caer en el humor involuntario. A veces incluso lo logran.
El resultado es una trama la más de las veces incoherente, disparatada, perdida en el sinsentido, filmada en su mayoría con imágenes oscuras, un CGI bastante genérico en una película pantanosa que mientras más cosas intenta más se hunde.
Con lujo de producción, el cineasta no olvida que esto es también una historia sobre la decadencia de la clase política y el totalitarismo porfirista, aquel “dios que todo lo mira”.
La película más “seria” del maestro Ismael Rodríguez destaca por su excelente manejo del espacio, un uso impresionante de la cámara, diálogos bien construidos y actuaciones sobresalientes.
Se podrá criticar la visión tan adversa y hasta exagerada sobre el enemigo. Pero no se puede negar la pertinencia de este alegato pacifista que, a casi 100 años de la novela original, sigue siendo tristemente actual.
Una cinta sin mayores aspavientos, plena en diálogos largos y una parquedad de escenarios que no ayudan a exorcizar del todo el fantasma del aburrimiento.
Ozon utiliza la anécdota no solo para señalar lo evidente: criticar lo inherentemente absurdo de la guerra. Es una de las películas más simples y notablemente bellas que se podrán apreciar este año.
Un imponente ejercicio de memoria histórica en una monumental película que tiene la habilidad de transformarse constantemente: es un thriller, un western, un drama romántico y hasta una tragicomedia.
El resultado es una experiencia inmersiva, un western selvático cuya arma secreta es la mirada de Indira Rubie Andrewin que fascina a los hombres, y al público también.
Con inteligencia y un mucho de fantasía, la directora y guionista Angela Robinson rebasa la naturaleza biográfica del relato para levantar la voz sobre la tolerancia y el respeto a las decisiones y orientaciones de los demás.
Un estudio de personaje a gran escala. 'Oppenheimer' es tensa y siempre mantiene el interés. Esta película probablemente marca el comienzo de una nueva etapa en la filmografía de Nolan, donde se aleja de la necesidad de que todo sea un gimmick.
Es un espectáculo perfectamente bien calibrado, que sabe conectar momentos inesperadamente conmovedores. Aquí los humanos importan, el drama es profundo, su dolor nos recuerda nuestro propio dolor.
El resultado es una película que va en ascenso, aunque su ritmo es algo irregular. Su principal impulso es la nostalgia. Mangold cumple con su función, pero carece de un verdadero impulso autoral, de momentos brillantes y de originalidad.
Es una película emocionante y bien estructurada que no da respiro alguno al espectador y que nunca pierde el tiempo en subtramas innecesarias, diálogos de exposición o reflexiones profundas.