La sensibilidad emo de Hutchence, un especialista en dramas de alcoba e historias de corazones rotos, combina a la perfección con este blue-eyed soul cargado de groove y beneficiado por una cadencia ideal para lo que se venía.
El eficaz trabajo de fotografía y el virtuoso diseño sonoro acentúan el clima de opresión y convierten a la lúgubre casa donde transcurre la acción en un (inquietante) personaje más del relato.
Desde el punto de vista formal, el documental es bastante tradicional. Sin embargo, la singularidad del realizador mendocino hace que el anecdotario resulte muy interesante.
El film de Cadaveira lo retrata con solidez y construye en torno a su duelo con Chávez una rivalidad propia de las películas de superhéroes y villanos.
No apela al subrayado y juega inteligentemente con los tiempos para delinear el perfil de un político que, independientemente de las valoraciones personales, es una pieza fundamental de la historia nacional de los últimos años.
Su obsesiva prolijidad y su extremo academicismo impiden que se encienda el fuego que hubiese beneficiado a una película cuya corrección formal e ideológica por momentos abruma.
El trabajo de fotografía y montaje rescata esta historia de un naufragio total, la cual necesitaba un enfoque más claro en lugar de múltiples ramificaciones argumentales.
No hay demasiadas marcas autorales en el cine de Wan, sino más bien un revival del cine de terror de los 70 con los viajes astrales y las apariciones demoníacas como condimentos ideales para apuntar al corazón de un audiencia de espíritu adolescente.
Carri consigue armar un film original, emotivo y alejado de las convenciones que vincula los vericuetos de la intimidad con la reflexión política a mayor escala.
La saga de Alvin utiliza la ficción como herramienta para promover la fe en un modelo de autosuperación ampliamente publicitado, sin perder de vista un enfoque estratégico sobre un público cuyas preferencias parece entender.
La película se sostiene gracias a la destacada actuación de Macon Blair, un antihéroe atormentado por sus propias decisiones. Su manejo preciso de los tiempos contribuye a crear una narrativa de atmósfera densa.
Retrata bien el universo lleno de vitalidad y anarquía del automovilismo sin depender de los efectos especiales. Logra imprimir un notable vértigo al relato gracias a un cuidado trabajo de montaje, aunque también cae en algunos lugares comunes.
Más que los detalles del drama íntimo, lo que resuena con potencia son los resultados de la rigidez de una sociedad anclada en mandatos religiosos ancestrales que, en este caso, se transforman pronto en mucho más que un mero telón de fondo.
Remite directamente a la ciudad agobiada por las desigualdades y la violencia pero también cargada de vitalidad e imaginación artística, cuyo espíritu capturaron tan bien en aquellos años cineastas como Martin Scorsese y Walter Hill.