El excesivo dulcificamiento de la historia, la torpe idealización de una sociedad y la estructura cinematográfica predecible convierten a esta película en un producto desechable, dirigido principalmente al público estadounidense.
Logrado “spot” Kusturica, un malabarista de la imagen, construye el caudillo popular a imagen y semejanza del deseo de José Mujica Cordano y sus seguidores.
La ingenuidad de algunos personajes y las situaciones «disneyanas» restan impacto a planteamientos más auténticos, lo que hace que sea más accesible para el público infantil, un segmento considerable.
Menor y rutinaria como cine, incluso con algunas caídas en cuanto a mantener su interés, la realización se justifica por la presencia cautivante y (casi) conmovedora de Meryl Streep.
Robert B. Weide reúne de manera algo desorganizada declaraciones de Woody Allen, registros de antiguos programas, fragmentos de sus películas y testimonios de familiares, amigos y colaboradores. La genialidad de Allen otorga un sin duda interés a este retrato que resulta, sin embargo, bastante incompleto.
Pudo haber sido un film destinado a minoritarios seguidores de un artista y su obra, pero es un film para todo el mundo, acerca de la aventura del alma humana.
Lo malamente hollywoodiano ha logrado convertirse en un estado mental, ahora asentado en una realización donde naufragan irreversiblemente varios prestigios.
Ese gastado esquema, logra brillos propios gracias a personajes convincentes en diseño e interpretación, un fluido relato, y una cámara que no se regodea en rostros y cuerpos destrozados a golpes, sino por el contrario.
El disparatado guión de James Vanderbilt, en manos de Roland Emmerich, se convierte en este “thriller” que desde el arranque crea sostenido suspenso, constantemente renovado merced a las vueltas y más vueltas.
Una aparatosa puesta en escena, con monstruos pedidos en préstamo a los grandes films del género. Culminada la proyección, surge la interrogante acerca de quien ocupa el sitial preponderante: el aburrimiento o la tontería.
La atmósfera que se crea, en ciertos momentos y teniendo en cuenta los planteamientos y la puesta en escena, evoca a 'Solaris' de Tarkovski. La escenografía, espléndidamente construida con luces, genera una profunda sensación de pertenencia al universo de '2001'.
Novaro tiene un buen sentido para incluir los elementos necesarios que captan la atención del público infantil, especialmente de aquellos de 7 u 8 años en adelante. La trama presenta una auténtica búsqueda del tesoro de antiguos piratas, lo cual sirve como un interesante pretexto para emocionantes aventuras submarinas.